Archivo por meses: marzo 2013

Viernes Santo

Se hace raro después de tres años en Filipinas un Viernes Santo sin madrugones, ni carreteras polvorientas, ni salpicones de sangre, ni procesiones bajo el sol, ni agonizantes émulos de Cristo en la provincia de Pampanga. Se hace raro sin la hospitalidad de Darang Melda, que se desvivía para que no pasáramos hambre en su casa antes de ir a ver a los crucificados y los flagelantes. Sin tener que correr al ordenador, descargar el vídeo, hilvanar una crónica demasiado parecida a la del año anterior. Se hace raro ver desde lejos, sin lamentarme por tal o cual detalle olvidado, los textos de las otras agencias internacionales. Pasar el Viernes Santo refugiado en el aire acondicionado de la habitación del asfixiante calor. Se hace raro, sí, pero se está mejor.

Dejo aquí el vídeo en el que colaboré hace un año con Biel Calderón y Mark Esplin. Un crucificado cuenta sus motivaciones para clavarse a la cruz todos los años. Cree que ayudará a mejorar la salud de su familia. 

Good Friday | Philippines from Mark Esplin on Vimeo.

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Tragar bilis

Un oso en el refugio de Animals Asia en Tam Dao. Autor: Víctor González

Un oso en el refugio de Animals Asia en Tam Dao. Autor: Víctor González

Autor: Víctor González

Autor: Víctor González

Vietnam acumula mucho retraso en la protección del medio ambiente. Los animales son vistos como un mero alimento o, en el caso de los osos, como un surtidor de medicinas. Curanderos de toda Asia atribuyen a la bilis de oso virtudes milagrosas para combatir enfermedades hepáticas e incluso algunos tipos de cáncer, pero lo único cierto es que uno de los componentes de la bilis de este animal es el ácido ursudesoxicólico, usado en la medicina convencional para paliar los efectos de enfermedades como la hepatitis y reducir el colesterol. Hay pacientes dispuestos a pagar grandes cantidades por la pócima. Los furtivos los cazan, los venden a un traficante que lo revende, haciendo el gran negocio, a los granjeros. Estos extraen la bilis del animal todos los meses y revenden el elixir a boticas tradicionales, especialmente en Hanói. La Fundación Animals Asia ha construido un refugio cerca de Hanoi para dar cobijo a los animales rescatados de las granjas, ilegales sobre el papel. De momento tienen 104 osos, algunos de ellos con muy mala salud tras años de mala vida en las granjas, y esperan seguir creciendo. Podéis leer aquí la crónica que publiqué para Efe sobre el asunto.

Autor: Víctor González

Autor: Víctor González

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Paisaje camino de Bac Me

Paisaje camino de Bac Me


Etapa 11

Ha Giang-Bac Me
Distancia: 54,84km
Tiempo de pedaleo: 3h58

Etapa 12
Bac Me-Duong Am-Bac Me
Distancia: 52 km
Tiempo de pedaleo: 4h10

Tras la odisea en furgobus camino de Ha Giang, es un alivio volver a cabalgar en la bici al día siguiente. La carretera se presta al disfrute, aunque siempre le divierte juguetear con mis cansancios y me obsequia con una larga subida de 10 kilómetros para arrancar el día. Es duro, pero sólo una ilusión, pronto se confirma que quedan atrás las palizas de las montañas más salvajes y vuelven las suaves (y no tan suaves) colinas, las zonas boscosas salpicadas de aldeas y resplandecientes campos de arroz. El objetivo final del viaje, después de descartar por falta de tiempo la prórroga hasta Sapa y Dien Bien Phu, es llegar al Parque Natural de Ba Be y de ahí coger un autobús de vuelta a Hanoi.

P1050678El camino hacia Bac Me transcurre con toda placidez, salvo algún sofoco con rampas más empinadas de lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud. Paro a comer en Minh Ngoc, donde el dueño del restaurante me enseña con orgullo la foto que se sacó con un motorista australiano. No podía negarme a engrosar su incipiente colección.

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Con el dueño del restaurante.

Es al día siguiente, camino de Ba Be, cuando las cosas se tuercen un poco. La carretera es muy secundaria, aparece y desaparece según los mapas. Algunos lugareños me dicen que no se puede ir y otros que el camino está en perfectas condiciones. Decido probar y el asfalto presenta muy buen estado, se ve que reformaron la vía hace poco, pero la orografía vuelve a hacer de las suyas. El trayecto hacia Ba Be, casi 100 kilómetros, es una sucesión de empinadas subidas y bajadas bajo la canícula, alrededor de 30 grados. Cuando no llevo más de 25 kilómetros me doy cuenta de que no podré llegar el mismo día a Ba Be y que corro el riesgo de perder el avión que me espera en Hanoi dos días después. Pensaba haberlo reservado con suficiente margen, pero mi atasco de los días anteriores ha complicado las cosas. Por segunda vez en el viaje decido dar marcha atrás y retroceder hasta Ha Giang para tomar el bus de vuelta a Hanoi. Una retirada a tiempo es un buen dinero ahorrado.

Mis dudas sobre la posibilidad de meter la bici al autobús se disipan por completo P1050710cuando veo que un vietnamita carga su moto con toda tranquilidad. Al llegar a Hanoi a las cinco de la madrugada, hay un detalle que me gusta: el vehículo se detiene en la estación, pero apenas bajan dos o tres pasajeros, el resto duerme (es un autobús con literas). Me quedo desconcertado durante unos segundos, pero cuando entiendo la jugada decido imitar a los dormilones que esperan al amanecer. Al filo de las seis, cuando el sol ya se ha desperezado, el conductor avisa de que hemos llegado. Monto las alforjas por última vez en el viaje y callejeo durante diez kilómetros hasta dar con la estación de tren, donde dejo a mi fiel compañera abandonada a su suerte con la promesa de reencontrarnos unos días después.

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Ha llegado sola e intacta en tren a Saigón, desde donde escribo este post. Se mezclan una cierta nostalgia por la aventura recién terminada y la alegría por el regreso a casa. Viajar,  sentirse nómada, llevar todo lo necesario en unas alforjas… todo eso está muy bien, pero siempre hay momentos en que uno echa en falta las sábanas limpias, tumbarse en el sofá viendo una película o comerse un bocadillo de jamón (esto último no es tan fácil en Vietnam, pero tengo reservas). Muchas gracias por la compañía y el apoyo durante estas dos fabulosas semanas. El viaje terminó, pero nos seguiremos viendo por aquí.

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Atascado

Vista de Meo Vac

Vista de Meo Vac

Etapa 9
Meo Vac-Man Due-Yen Minh
Distancia: 65,2 km
Tiempo de pedaleo: 4h52

Etapa 10
Yen Minh-Mau Due-Lung Ho-Mau Due
Distancia: 38 km
Tiempo de pedaleo: 2h53

P1050618Una vez cruzado el majestuoso paso del Ma Pi Leng, los objetivos geográficos están cumplidos y quizá por eso el viaje se atasca. Nada lo indica cuando inicio la etapa camino de Mau Due: el paraje sigue siendo espectacular, bordeando desfiladeros y subiendo montañas a las que la ligera niebla otorga un aire aún más irreal, como si fueran sacadas de una novela de fantasía. Por primera vez desde que llegué a la zona montañosa las piernas me funcionan de manera decente, consigo mantener un ritmo constante incluso en las rampas más duras y ya no miro desesperado el lento goteo de cifras en el cuentakilómetros. Es uno de los días que más disfruto.

Un olenttzero local con su hijo

Un olenttzero local con su hijo

Por el camino atravieso varios pueblos de minorías étnicas con la txapela bien calada, algo que no deja de sorprenderme. Son gente poco dada a hacer concesiones por mejorar su negocio, los horarios para las comidas son estrictos y me cuesta encontrar un sitio en el que me sirvan pasadas las 12:30. Mientras voy preguntando por las cantinas del pueblo de Lung Phin me sigue una decena de curiosos que disparan preguntas sin cesar. “¿Cuánto te ha costado la bici? ¿Puedo probarla? ¿Eso es un mapa? Se ve que tienen cierta costumbre de ver extranjeros porque los padres piden que les saque fotos a sus hijos.

Niños en Lung Phin

Niños en Lung Phin

P1050646No veo a ninguno, pero conozco a dos jóvenes motoristas de Hanoi que me escoltan durante 25 kilómetros. Son compañeros agradables, más respetuosos y menos agobiantes que mi anterior escudero, se ve que les hace mucha ilusión ir hablando con un extranjero. Me da pena cuando se esfuman sin decir nada después de la fabulosa bajada a Mau Due.

Con Tuan, uno de los escoltas del día.

Con Tuan, uno de los escoltas del día.

Es ahí donde el viaje entra en barrena. El plan inicial era ir hasta Lung Ho, 25 kilómetros más allá, pero se está haciendo tarde y me da miedo que caiga la noche. Además, el camino está sin asfaltar y temo que un pinchazo me termine de retrasar. En Mau Due no hay ninguna pensión donde dormir y decido recorrer los 14 kilómetros que me separan de Yen Minh, donde ya estuve con Dung tres días antes.

Serpiente atropellada en la carretera.

Serpiente atropellada en la carretera.

A la mañana siguiente regreso a Mau Due e inicio el camino hacia Lung Ho. Aunque está sin asfaltar, pienso que sólo durará unos pocos kilómetros, hasta el momento sólo puedo decir cosas buenas de las carreteras vietnamitas, incluso en los lugares más remotos. Pero tras un breve respiro de asfalto, las piedras vuelven a maltratar a la bici y con ella a todo mi cuerpo. Los campesinos en moto que me adelantan durante la interminable subida me miran con aire de incredulidad, sin decir nada. Un hombre al que pregunto si es la carretera correcta se limita a responder que sí y cuando intento sonsacarle algo de información sobre el estado del asfalto no parece querer perder tiempo descifrando lo que le dice un occidental. He recorrido apenas 15 kilómetros (casi todos de subida) y ya estoy agotado, mi bici no es de montaña y sufre más de la cuenta.

Cong y la moto en la que pretende llevarme con la bici.

Cong y la moto en la que pretende llevarme con la bici.

Por suerte me encuentro con Cong, el ángel de la guarda del día. Me adelanta y aparca la moto delante, intrigado por mi odisea. De unos 30 años, no entiende nada de inglés, pero tiene ganas de hablar y de ayudar. Él vive en Lung Ho y me advierte de que la carretera no mejora, que quedan unos dos kilómetros de subida, después una larga bajada y otra ascensión más, todo sin asfaltar. Observa la bici y el diagnóstico es claro: no resistirá.

Parece un tipo razonable, pero su enorme hospitalidad le empuja a recetar un remedio descabellado. Me invita a dormir en su casa, pero al no poder ir en la bici pretende que la carguemos en la moto. Mientras lo explica le asalta un instante de duda, levanta la bici un segundo y concluye que el plan es adecuado. Por un momento me hace dudar, pero la idea de ir de paquete en una moto sujetando una bici de 15 kilos y unas alforjas no menos pesadas por una carretera sin asfaltar y con fuertes pendientes no me termina de convencer. Él insiste prometiéndome unas vistas espectaculares y me apena echarme atrás, pero declino la invitación.

Nunca sabré si la opción que elegí era la más segura. De vuelta a Mau Due, por más que miro y remiro el mapa y pregunto a la gente, la única opción que me queda es volver hacia Ha Giang por la carretera que me llevó unos días antes a Yen Minh, franqueando montañas que me asustan sólo de pensar en ellas. Además, los días se me van agotando y no me estimula gastarlos en transitar por las mismas carreteras que a la ida.

Así de apretados íbamos en el bus

Así de apretados íbamos en el bus.

Finalmente decido montarme en una “furgobus” con la bici en la baca. Nunca he estado tan tenso en la carretera como en esos cien kilómetros que nos separaban de Ha Giang. En el vehículo cuento 21 asientos apretados, pero llegamos a ser 41 pasajeros. Voy sentado como puedo sobre una caja, con las piernas encogidas y agarrado con fuerza a los asientos de delante para no caerme con cada volantazo del conductor, que va rebasando a todo lo que se lo pone por delante  por la estrecha carretera de montaña. El revisor no da abasto repartiendo bolsas de plástico para que se alivien los pasajeros más indispuestos, aún no sé cómo no estuve entre ellos. Son dos horas interminables en las que la furgoneta devora en sentido contrario el camino que a mí me llevó dos días de sufrido pedaleo. Me acuerdo de Cong y de su idea de llevar la bici en la moto. Después de todo, quizá no fuera tan descabellada. 

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Malos tragos

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Etapa 7

Yen Minh-Dong Van
50 km
Tiempo de pedaleo (y algo de marcha): 4h 25

Etapa 8
Dong Van-Meo Vac
22,4km
Tiempo de pedaleo: 1h45

En las primeras etapas contaba que no me podía ir de ningún restaurante sin cumplir con el ritual del té. Esta tradición se mantiene, pero ahora convive con otra algo más difícil de digerir, en el sentido más literal de la palabra. Desde que llegué en la zona más montañosa no puedo entrar a ninguna tasca sin que desde alguna mesa me inviten a brindar con el vino de arroz local. Basta que me asome a preguntar qué comidas sirven para que alguno de los comensales se acerque a mí con un vasito y me insista para que eche un trago con los amigotes de su mesa. Si me quedo a comer, ya asumo que tendré que tragarme al menos tres o cuatro chupitos. ¿Podría negarme? Puede que sí, si fuera más valiente, pero no sé decir que no cuando el dueño del local, un hombre al que no han visto sonreír desde que Ho Chi Minh era corneta, se sienta frente a mí con una botella y llena dos vasitos sin decir nada, mirándome fijamente. Alza su vaso y farfulla un “yoh”, el “chinchín” vietnamita. Le da igual que yo apenas haya empezado a comerme el pollo con arroz o la sopa de turno. Antes de darme tiempo a meter otro trozo de carne a la boca, repite la operación. Una vez superada la prueba de hombría, ya se relaja, me hace las preguntas pertinentes y vuelve a la cocina o se sienta a beber en otra mesa. Debe de ser cosa del frío de las montañas.

P1050465El del licor no es el único mal trago que he pasado. Mi cuerpo no estaba bien preparado para semejantes montañas y lo voy pagando, especialmente entre  Yen Minh y Dong Van, donde sufro el mayor calvario. Nada más empezar la carretera me obsequia con rampas por encima del diez por ciento. Un grupo de niños que van al colegio (dos horas ida y dos de vuelta a pie) me miran divertidos una de las muchas veces que paro a descansar. Cuando arranco de nuevo, voy tan despacio que uno de ellos me empuja durante unos metros, es el único momento en que me siento ligero. En algunos tramos me pesa todo tanto que me bajo de la bici y la empujo, como aquellos pioneros las primeras veces que el Tour pisó los grandes puertos pirenaicos.

P1050467Tan sólo me cruzo con algunos campesinos de las minorías étnicas que van recogiendo leña o tratan de habilitar para la agricultura los áridos peñascos en los que viven. Desde que salgo de Yen Minh la frondosidad desaparece, atravieso un sistema montañoso rocoso del que los agricultores locales intentan sacar petróleo.

Dos niños con los que repartí unas galletas.

Dos niños con los que compartí unas galletas.

No parece que lo consigan pese a sus encomiables esfuerzos, en los poblados me encuentro a niños andrajosos que engullen con avidez cualquier trozo de galleta que les reparto. No dicen “hello”, se quedan mirando y si paro a descansar, se acercan a curiosear, sin abrir la boca, probablemente esperando a que caiga algo. Yo también paso cierta hambre, en la única taberna que me encuentro por el camino no quieren darme de comer porque he llegado demasiado tarde, a la una del mediodía. Por suerte, los últimos kilómetros hasta Dong Van son casi todos cuesta abajo por un desfiladero espectacular, un paraíso ciclista.

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De Dong Van es fácil acceder en moto a Lung Cu, el punto más al norte de Vietnam. Allí, en una loma, el Gobierno ha edificado una torre copada por una enorme bandera nacional.

No pude resistirme y compré una boina de las que usan los lugareños.

No pude resistirme y compré una boina de las que usan los lugareños.

Pocos kilómetros más allá, en una zona vetada a los extranjeros, está China. Las vistas desde la torre son magníficas, pero no pueden competir con el paso de Ma Pi Leng que cruzo al día siguiente en la corta etapa camino de Meo Vac. Quizá en las fotos no se aprecia el imponente panorama por la bruma, pero circular por esa carretera colgada de la montaña es uno de los momentos de mayor disfrute. Era uno de los grandes alicientes del viaje y no defraudó.

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Escoltado

Etapa 6
Tam Som-Yen Minh

Distancia: 50,4 km
2h55 de pedaleo

Dung, en la moto.

Dung, en la moto.

Supongo que estabais algo cansados de soportar mis relatos en solitario y he tenido la idea de introducir a un escudero para este quijote en bicicleta. Bueno, la idea la tuvo él, pero tampoco importa mucho. Se llama Dung, tiene 30 años y habla sin parar con su vozarrón para mí ya inconfundible. Parece llevarlo todo al exceso, ya sea su verborrea, su tabaquismo compulsivo o su afición al vino de arroz. También la hospitalidad. Trabaja para una empresa rusa de turismo, vivió cuatro años en Moscú, y le gusta demostrar que tiene un sueldo majo sacando a pasear un fajo de billetes, a poder ser dólares, algo muy propio de los vietnamitas, por otra parte. Está casado, sin hijos, y no habla más que dos o tres palabras de inglés.

Lo conocí en la etapa anterior, antes de empezar mi subida a los infiernos, él y sus amigos me invitaron a un refresco. Apuntó mi número de teléfono porque es de Yen Minh, adonde debo llegar al día siguiente, en la etapa que aquí nos ocupa. Dung me llama en pleno desayuno antes de partir. Como no entiendo nada de su verborrea, le intento despachar diciendo que nos vemos por la tarde en su pueblo, pero insiste y termino comprendiendo que está por los alrededores. A los dos minutos irrumpe en el café dando voces y me saluda efusivamente. No me deja pagar el desayuno y me acompaña al hotel, imagino que para despedirse antes de volver en moto a su pueblo. En cuanto monto las alforjas y comienzo a pedalear, compruebo que su intención es escoltarme.  Los diez primeros kilómetros, son de bajada, de modo que nuestros ritmos son parecidos, pero en cuanto comienza el falso llano hacia arriba en la rocosa garganta en la que nos adentramos, sigue a mi vera. Si paro a sacar una foto, para conmigo. Aunque por momentos resulta cargante, es un tipo simpático y siempre dispuesto a echar una mano, además me evita tener que preguntar por el camino en las bifurcaciones más confusas.

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Sigue a mi lado cuando empiezan a sucederse las subidas, donde no puedo atender a todo lo que me dice porque bastante tengo con dar pedales. Finalmente, cuando se inicia la escalada más dura, alrededor de 20 kilómetros con algún que otro descanso, tira para delante.

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Aunque agradezco el detalle de acompañarme, disfruto más de estos kilómetros en solitario, sin el petardeo de la moto ni la agotadora verborrea de mi anfitrión. Me siento más libre para parar cuando quiera y para concentrarme en la abrumadora belleza del paisaje.

Una mujer dao que vende pepinos a pie de carretera. El único reconstituyente que encontré.

Una mujer dao que vende pepinos a pie de carretera. El único reconstituyente que encontré.

Cuando termino el ascenso y me dispongo a emprender la bajada, me sobresalto con un alarido de Dung, que me estaba esperando en una choza tomándose un refresco. Bajamos juntos hasta Yen Minh y al llegar me invita a comer. Ante su insistencia y como agradecimiento a su hospitalidad, no puedo negarme a ir con él y sus amigos a un karaoke por la noche. Aderezamos la velada con un licor de arroz capaz de aniquilar cualquier plaga de ratas  y que me termina de convencer para dar un día de descanso a mis piernas.

Además, Dung propone llevarme al día siguiente a un colegio para niños hmong en una aldea muy cerca de la frontera china. La visita es interesante, el Gobierno vietnamita envía allí a jóvenes profesores de todo el país para que enseñen el idioma nacional a los pequeños hmong. Algunos docentes han aprendido la lengua local para entender mejor a los niños y la utilizan para enseñar alguna asignatura. También hay algún que otro profesor nativo. Pero el colegio presenta un aspecto ruinoso, todos los edificios parecen al borde del colapso y ni siquiera tienen cuadernos dignos de ese nombre. Las imágenes de la vida campestre con los trajes típicos son muy bucólicas, pero la realidad es que estas poblaciones viven en la pura miseria.

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Comemos con los profesores, otra vez  acompañados por el dichoso licor de arroz. Aunque me niego a seguir su ritmo de ingesta alegando problemas de estómago, no puedo salir sin tomarme algún que otro chupito con ellos, les hace mucha ilusión. A Dung también, aunque comienzan a fatigarme sus aspavientos y su continua hiperactividad.

Algunos de los jóvenes profesores.

Algunos de los jóvenes profesores.

Hay una línea (a veces tenue, a veces bien clara) que separa la amabilidad de la pesadez, y Dung la cruza por momentos. De vuelta al hotel, pasa a recoger el ordenador portátil que había dejado en mi habitación para no cargar con él y se autoinvita a dormir en una de las dos camas, pese a que su casa está a dos minutos. Le digo que no puede ser, que necesito estar solo para descansar, pero insiste y mientras se sirve un té y curiosea mi teléfono móvil alega que no molestará y que sólo va a dormir. Al final, casi le tengo que echar a escobazos, le doy las gracias, le abro la puerta y me invento la excusa de que tengo que escribir sobre el viaje y necesito estar solo.  Lo acepta a regañadientes y quedamos en vernos en la cena, pero ya no aparece porque está cansado, aunque me sigue llamando los días siguientes. Bien pensado, muy agradecido por la enorme hospitalidad de Dung, mejor dejamos la cosa como estaba, con un solo viajero, sin escudero.

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