Archivo por meses: abril 2013

Tres retratos camboyanos (II): Nabuth

Hoy 17 de abril se cumplen 38 años desde que los jemeres rojos tomaron Phnom Penh y sumieron a Camboya en una de las mayores pesadillas de la historia de la humanidad, en un infierno de purgas y hambrunas que terminaron con más de la cuarta parte de la población.  Nabuth estaba allí, tenía 11 años cuando la enviaron a un campo de trabajos forzados alejado de la ciudad. Nunca supo qué fue de sus padres, ninguno sobrevivió a los cuatro años de locura y cuando el régimen cayó en 1979 tenía 15 años y estaba sola en el mundo:”Dos hermanas mayores sobrevivieron, pero ya estaban casadas y tenían que ocuparse de sus propias familas”. Hoy Nabuth cuida a los hijos de una de ellas, recientemente fallecida.P1050817

Lo más chocante no es su historia, tan similar a la de miles de camboyanos que salieron vivos de aquel horror, sino un optimismo y una energía vital desbordantes, como si las calamidades del pasado le hicieran aprovechar al máximo todos los instantes de la existencia. Ella cree que esa energía le viene por su nombre, más propio de un varón, una explicación poco convincente, pero ninguna lo es.

Pasea entre estatuas budistas e induistas apuntando con entusiasmo las características de tal o cual deidad y responde amable a nuestras preguntas sobre su historia personal. Sólo cuando recuerda aquellos años negros en que perdió todo lo que tenía su mirada amaga con apagarse, pero casi al instante retorna el torrente vital a sus ojos. Rememora con su sonrisa perenne cómo consiguió un pequeño trabajo en la biblioteca y más tarde, en 1993, fue contratada para limpiar el museo. El bello edificio colonial, construido en los años 20, había sido invadido por miles de murciélagos durante los años de abandono y ella obtenía un dinero extra vendiendo a los agricultores el guano que recogía. Con esos ingresos se pudo costear sus primeras clases de inglés, suficientes para dar iniciarse como guía cuando llegaron los primeros vistantes extranjeros. “Pronuncio mal y no sé escribirlo, si no me entendéis decídmelo”, insiste.

Cuando describe la época más gloriosa del Imperio jemer, le entra algo de nostalgia por el esplendor perdido, pero no tarda en consolarse: “No somos ricos como en la época en que se construyó Angkor Wat, Camboya es hoy un país pobre, pero encontramos un motivo muy importante para no dejar de sonreír: ahora tenemos paz”.

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Tres retratos camboyanos (I): Tha Ro

LoP1050829 primero que vemos de Phnom Penh es la media sonrisa con un punto de ingenuidad de Tha Ro. Ha acudido a la estación de autobuses en busca de turistas a los que pasear en su tuktuk y nos convence sin demasiados esfuerzos. Su generosa barriga, la contención de sus gestos y la serenidad con la que guía su vehículo por la capital camboyana confirman la primera impresión: es un hombre tranquilo. Cuando apenas llevamos un par de kilómetros, no se resiste y nos alcanza su teléfono móvil. “Mi hija”, dice señalando el vídeo en el que la pequeña de dos años va correteando de un lado a otro de su casa. Podría ser un truco para enternecer al turista, pero salta a la vista el orgullo sincero. “Mi objetivo es tener tres hijos, pero tengo que esperar un par de años para el segundo porque es mucho gasto. Cada día consume leche en polvo importada de Tailandia por valor de 5 dólares”, dice con evidente satisfacción en un correcto inglés aprendido en 15 años de contacto con los turistas.

Formar una familia ha sido el mayor logro de sus 35 años de vida. No fue fácil, le costó encontrar a la esposa ideal. “Busqué por varias provincias. Tenía amigos que me decían que habían encontrado una buena candidata, pero cuando iba me quedaba decepcionado. A mi esposa la conocí en Phnom Penh, me la recomendó mi hermano. Cuando la vi por primera vez en la celebración del año nuevo camboyano, supe que era la candidata ideal y a los quince días nos casamos”. En su relato parece importar poco el parecer de la mujer, aunque él afirma que estaba contenta de casarse con él. Para separar a su futura esposa de su madre viuda, Tha Ro pagó una dote de 5.000 dólares. “Durante unos años trabajé muy duro, de 7 de la mañana a 12 de la noche con el tuktuk para poder ahorrar. Llegué a acumular 11.000 dólares reservados para pagar la dote de la mujer que eligiera”.

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Hoy mantiene la misma laboriosidad, con metas bien marcadas. El tuk tuk le da unos 500 dólares mensuales y su mujer obtiene otros 250 como profesora de inglés. Además de tener más hijos, Tha Ro sueña con comprarse un coche. Recita los nombres de marcas japonesas y coreanas con delectación y se imagina compaginando su trabajo en el tuk tuk con viajes ocasionales para llevar a turistas hasta los deslumbrantes templos de Angkor Wat: “Podría mejorar mi negocio y también llevar a mi familia de excursión de vez en cuando”.

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