Archivo por meses: mayo 2013

Tres retratos camboyanos (III): Chum Mey

Normas de comportamiento en la antigua cárcel S-21, hoy museo de Tuol Sleng, en Phnom Penh.

Normas de comportamiento en la antigua cárcel S-21, hoy museo de Tuol Sleng, en Phnom Penh (pinchar para leer).

Fotos expuestas de algunas de las víctimas que pasaron por la cárcel S-21

Fotos expuestas de algunas de las víctimas que pasaron por la cárcel S-21

Si pasear por el museo de Tuol Sleng y leer las espeluznantes historias de lo que allí sucedió resulta desasosegante para cualquier turista despistado, es difícil imaginar qué siente Chum Mey. Tuol Sleng, en Phnom Penh,  es uno de esos lugares que nos conectan con lo peor de nosotros mismos, con la depravación a la que podemos llegar si se dan las circunstancias oportunas. En Camboya se dieron en la década de los setenta, cuando una horda de utopistas radicales tomó el control del país y creó uno de los mayores horrores conocidos. Los muros de este antiguo centro de torturas llamado entonces S-21 siguen transmitiendo un desasosiego infinito. Es difícil no sentir escalofríos cuando desfilamos delante de las fotos de algunos de los 14.000 presos que fueron torturados en este centro y después ejecutados en un cercano campo de exterminio. Algunos parecen asustados, apesadumbrados, otros esbozan una leve e incongruente sonrisa,  y muchos miran al objetivo con ojos incrédulos, sin entender nada de lo que les está ocurriendo y sin imaginarse el infierno que les espera en las semanas siguientes. Para huir de las abominables sesiones de torturas que sufrían a diario, todos terminaban confesando que trabajaban para la CIA o la KGB, aunque nunca hubieran oído hablar de tales organizaciones.

Chum Mey posa con el libro sobre su vida.

Chum Mey posa con el libro sobre su vida.

Chum Mey sabe todo eso mejor que nadie. A sus 82 años, ve la tarde pasar sentado bajo una sombrilla, no muy lejos de la celda que un día ocupó. Si algún turista se interesa por él, sonríe, le atiende como puede (no habla nada de inglés) y le muestra la colección de libros que tiene delante:  SURVIVOR. Después señala una foto vieja, del año 1979, en la que aparece más joven, pero aún reconocible. Contaba entonces 49 años y acababa de salir vivo del infierno. Fue uno de los doce presos supervivientes (aunque hay versiones que hablan de un número mayor) y uno de los pocos que hoy siguen vivos. Aguantó con vida durante casi dos años en el centro gracias a su pericia mecánica: los jemeres rojos le necesitaban para reparar máquinas de coser y de escribir. En enero de 1979, cuando las tropas vietnamitas entraron en una Phnom Penh casi desierta, aprovechó el tumulto para escapar junto a su mujer y sus dos hijos pequeños, pero ellos no sobrevivieron a la huida, fueron capturados y ejecutados por un grupo de jemeres rojos.

Uno de los edificio de la antigua cárcel S-21, en Phnon Penh.

Uno de los edificio de la antigua cárcel S-21, en Phnon Penh.

Desde 2010 acude todos los días al lugar en el que pasó los peores meses de su existencia, a un recinto que le recuerda a su esposa y sus hijos ejecutados, el hambre, el terror, los golpes, el dolor que sintió cuando le arrancaron una uña del pie. Lo peor eran las descargas eléctricas. “Podía tolerar el dolor de los golpes, de la uña arrancada, pero no ser electrocutado. Era demasiado. Enganchaban un cable a mi oído izquierdo y sentía que mi cerebro estallaba. Kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk!  Sentía que mi cabeza era como una máquina y mis ojos se incendiaban. Caí inconsciente dos veces”, relata en su libro. Ni siquiera se atrevía a conversar con sus compañeros de celda, por miedo a represalias.

Una de las celdas ocupadas por Chum Mey

Una de las celdas ocupadas por Chum Mey.

En ocasiones ha ejercido de guía turístico, rememorando sus peores pesadillas a cambio de una ayuda para completar la exigua pensión de 25 dólares mensuales del Gobierno y mantener activa la asociación de víctimas que preside. A Chum Mey le empuja la necesidad y le debe de mantener sereno la filosofía budista. En su libro cita un proverbio camboyano: “Si te muerde un perro loco, no le muerdas. Si lo haces, tú también estás loco”. Consigo que nuestro guía haga de intérprete para mantener una corta conversación con él.

“Me siento feliz de ayudar a los visitantes a entender lo que sucedió aquí, a darles un sentimiento real. Pero sigue siendo doloroso. La primera vez que volví fue para rodar un documental y me invadió una gran tristeza. Me apresaron por ser de la CIA, pero yo no sabía qué era eso”, dice con un sosiego inaudito. Apenas levanta la voz mientras rememora su historia, asegura no sentir rencor por los hombres que ejecutaron las torturas porque solo cumplían órdenes y no tenían elección. Pero el tono se transforma cuando se acuerda de Douch, el director de S-21, que fue juzgado y condenado a cadena perpetua en 2011. La voz que era suave, casi inaudible, se vuelve firme y cortante.

“Sigo enfadado con Douch. Él vive en una cómoda cárcel y nunca va a sufrir lo que nosotros sufrimos aquí. Nada será nunca suficiente para que se haga justicia con los camboyanos. Sigue siendo muy doloroso recordar esto, pero quiero seguir declarando, quiero seguir contando mi historia por el mundo para que sepan lo que pasó en Camboya”.

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