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El cielo en un infierno cabe

He leído en las últimas semanas magníficas crónicas sobre el desastre de Filipinas, como la primera que escribió desde Tacloban el periodista y cooperante Daniel Burgui, que se sorprendía del carácter paciente y amable de los filipinos en una situación tan apocalíptica. En la CNN, el reportero estrella Anderson Cooper relataba al borde de las lágrimas la inmensa fuerza de ese pueblo, su capacidad para encajar los golpes sin torcer el gesto. En uno de sus reportajes visitaba a un grupo de víctimas que parecen haberlo perdido todo, pero todavía guardan una sonrisa para la cámara, hay instintos que ni la peor tragedia puede reprimir. “La risa es nuesta mejor medicina”, dice con una candidez desarmante uno de ellos.

En los tres años que viví en Manila me desesperó muchas veces la pachorra de los filipinos, su tan asiática costumbre de esquivar los problemas y ponerte buena cara sin darte una solución, su falta de respeto por las normas, la suciedad de las calles, el infierno circulatorio, la desesperante falta de organización… La lista es larga y cualquiera que haya vivido allí podrá contar sus propias experiencias. Sin embargo, no puedes evitar quererlos en toda su imperfección y una de las numerosas razones es esa sonrisa que desarma, esa sonrisa indomable que se les escapa hasta en los momentos más inadecuados, que no pueden reprimir aunque se les suponga tristes. Es la risa de quien entiende sin saberlo que la alegría es gratis y no perdemos nada por agarrarnos a ella, de quien es capaz con su actitud de encajar el cielo en un infierno.

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Esta fue mi contribución sobre el drama de Filipinas para El Confidencial.com.

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