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Robert

Robert en su casa

Mi amigo Alacrespo, que me mantiene al tanto de lo que pasa en Irún, me ha golpeado esta mañana con la noticia de la muerte de Robert. Algunos lo conocían como Chicltet (tenía afición a la goma de mascar de aquella marca americana) y la mayoría como el tío (o el loco) vestido de militar. Aquella figura desgarbada, que recorría la comarca del Bidasoa rebuscando chatarra en los contenedores, con su inconfundible atuendo castrense, el aspecto desaliñado que le daban su barba y su melena, su enorme bastón de profeta y su habla atropellada, imparable y confusa, con ese acento inclasificable. Recuerdo la primera vez que lo vi, con 9 o 10 años, en aquella tienda de música (ya no hay tiendas de nada) cerca de la esquina del Paseo de Colón con la Avenida de Guipúzcoa. Me fascinó desde el principio aquel loco que hablaba sin parar y a quien apenas podía entender. Lo seguí viendo de vez en cuando, y tiempo después, cuando siendo un joven periodista me interesé por su historia, supe que aquellos eran sus dominios, que pasaba mucho tiempo en el bar Montecarlo, que vivía en Larreaundi (llegué a estar en su casa, a ver su armario repleto de trajes militares, los muros diáfanos, la bandera estadounidense colgada, pero no esa habitación de la madre muerta en la que nunca entraba), que vivía de una pensión que le llegaba mensualmente de los Estados Unidos. Se oían todo tipo de rumores sobre él que Javier San Martín (Shaf) reflejó en el imprescindible documental que le dedicó hace unos años. Yo quería entrevistarle, entresacar su historia entre aquel discurso inconexo. No sé si lo conseguí, pero más de dos años después de abordarle por primera vez para pedirle la entrevista, por fin me la concedió. Al principio me decía que sí, pero que no, porque no le había gustado lo que había hecho San Martín en Txingudi Telebista (no llegué a ver aquel programa) y cada vez que nos veíamos me contaba alguna historia con la que yo esperaba estar ganándome la confianza de aquel hombre irredento. Copio debajo uno de aquellos encuentros que hoy me alegro mucho de haber escrito a finales de 2006. Un año y medio después me concedió por fin la entrevista para Noticias de Gipuzkoa, donde yo trabajaba. No he encontrado el contenido publicado, ni sé la fecha exacta, aunque sí que era verano de 2008. Fue un privilegio visitar su casa y compartir aquella conversación con él, aunque me costara hilvanar con aquello un relato coherente. En algún disco duro debo de tener la grabación de aquella entrevista ingobernable. Dejo aquí ambos textos con algunas fotos hechas en su modesto piso del barrio de Larreaundi.


MARTES, NOVIEMBRE 21, 2006

Con Robert

Robert cruza la carretera del Paseo Colón en el semáforo de Margarita, bajo la lluvia. Yo voy por la acera de la Caja Laboral, le veo y le saludo sin mucha convicción, no sé si se acordará de mí, pero finjo aplomo: “¿Qué tal estás, Robert?”. Robert no se para en menudencias, es hombre ocupado y con poco tiempo que perder en formalidades. “Estoy muy enfermo” (lo dice sin el énfasis de otras veces, sin detenerse en la frase). Va con su uniforme habitual: traje de militar con gorra y botas incluidas. Lleva una extraña protección, que parece de cuero, en las espinillas, quizá sea porque hace un día lluvioso. Como siempre, camina apoyándose en ese bastón que le llega casi hasta la barbilla. Su barba está algo más larga que las últimas veces que le vi. Nunca lo había pensado pero creo que la lleva para tapar un lunar gigantesco que tiene cerca de la mejilla. Por debajo de la gorra se ve su media melena en la que las canas empiezan a ganar la partida. Su reacción al verme no es ni de alegría ni lo contrario: es natural, lo que representa un avance cualitativo. Lo más difícil está hecho, ya no soy un ser hostil. Nos refugiamos bajo los balcones junto a la Caja Laboral y, también como siempre, comienza su discurso desordenado y atropellado mientras su mirada se pierde en cualquier lugar excepto los ojos de su interlocutor, por los que pasa fugazmente de vez en cuando, como para comprobar una vez más si puede fiarse de ese tipo que dice que es periodista.
-Vengo del centro médico Bidasoa y me han dicho que tengo un problema en el hígado y tengo un pulmón más chico que otro. Tendrá que ser la entrevista el año que viene si sigo vivo. (le va el drama).
-Vaya
-Sí, porque en 1971 yo estuve en Estados Unidos y unos machucos..
-Unos qué?
-Macucos, unos indios nativos de allí me intentaron vender droga y yo les dije que no y uno me clavó un puñal dos veces. Y desde entonces tengo este problema. Tendría que ir a Estados Unidos a un médico de allí pero viviendo aquí y siendo hijo de una vasca no me van a hacer caso. Allí sólo quieren a los americanos blancos de allí, es el problema que hay.
-Claro
-Pero usted me tiene que dar sus credenciales porque hay gente que dice que es periodista y luego quiere reírse con los amigos. Y también Txingudi telebista me hizo y el resultado fue malo
-No, no, no es para eso.
-Porque el de Montecarlo, el hermano me ha dicho que usted quiere sacarme como a alguien raro.
-No, raro, no.
-Pero hay que tener cuidado porque luego sale en todo Euskadi y la gente me dice. Pero el año que viene. Ya no estoy para la chatarra, ya no me interesa. Esos rumanís son mala gente. El otro día uno quería un calentador y yo le dije que le cobraba. Yo no soy tonto, me toman por tonto, lo mismo con un cable de cobre, lo guardé para mí.
De mí se ríe mucha gente pero yo nunca he intentado morirme. Mire, el hijo de un amigo, un chico que valía, trabajaba como dos hombres, hizo tonterías, tomó licor con unas pastillas y no se murió, pero se quedó toda la vida así.
Entonces Robert se pone rígido, tornea los ojos y saca la lengua hacia un lado, como los ahorcados de las pelis. No puedo reprimir una carcajada que disfrazo de cómplice para no herirle. Veo que voy ganando puntos con él porque se toma bien mi reacción y repite el gesto para hacerme gracia.
-Sí, así toda la vida. Eso es peor que morirse. Ahora no puede levantar ni una cuchara. Pero esos rumanís son duros. Han hecho un entrenamiento militar en su país y lo aguantan todo. ¿No ha hecho nada en su periódico sobre ellos? ¡Hasta luego! (saluda a un hombre sonriente que va con su niña. Siempre que estoy con Robert aparece ese hombre)
-No
-Pues tiene que hacer de ellos. Un día voy a salir en su periódico porque le pego una hostia a uno. Porque yo tengo muy mal genio, muy malo, pero lo guardo para mí y un día voy a explotar.
-Mire, aquí llevo el periódico.
Hace una mínima concesión a las normas de cortesía desviando la mirada un microsegundo hacia el periódico sin ningún signo de interés.
-Pero me han dicho un amigo de HB que ese es un periódico facha.
-No, no, no es facha.
-A mí me da igual. Yo antes estaba en una secta pero ya no estoy en ninguna. Ya salí de la secta.
Le voy a preguntar por el tema pero es un huracán, no da lugar a réplica. Creo que es lo mejor para obtener información, no preguntarle nada. Las preguntas le hacen sospechar. Cambia de tema sin transición.
-Pero esos romanos son muy fuertes. Allí en los Cárpatos, en el caucasiano, crece una hierba que no es una droga pero ellos la toman y les da energía. No es una droga.
-¿Como el café?
-Sí, como yo tomo café para estar bien o chocolate o cosas, ellos toman eso, les de stamina (se le escapa el inglés).
No sé cómo da otro salto temático.
-Es como lo que está haciendo Bush en…
-En Irak? (escucha empática)
-Sí, en Irak. Yo no sé si Bush es buena persona, no lo conozco. A Bin Laden tampoco. Pero Bin Laden dijo que Bush es un hipócrita. A mí me dicen tú vas vestido así entonces eres un fascista. A mí me da igual si ponen una bomba aquí y tiran una o dos chimeneas o si ponen una bomba en Vic. ¿Usted vive por aquí cerca?
-Sí, al lado
-Pero bueno, usted ya tiene mi apartado de correos y mi referencia, escríbame una carta.
-Sólo tengo su teléfono.
Hace un amago de ir a darme algún dato, pero la idea no dura mucho tiempo en su cabeza.
-Bueno, cualquier cosa me deja información en el bar Montecarlo. Ahora con el pulmón no puedo. Y me tienen que mirar la… (nunca recuerdo el nombre de la enfermedad que dice que tiene, siempre que lo dice se señala las muñecas, por lo que le entendí es algo del sistema inmunológico y es una palabra en plural).
-Le tienen que operar del pulmón?
-No, eso no tiene operación. Tengo 69 años el 28 de diciembre. Eso es para toda la vida. Estoy bien, no me canso. El sábado tenía que ir a Francia a llevar un encargo de antigüedades a unos familiares y luego estuve andando por Ciboure y San Juan de Luz. Y al día siguiente no me dolía nada, hice 16 kilómetros. Una persona que está mal no hace eso. Me dicen que si soy un infiltrado. Yo en España desde luego que no soy un infiltrado, en Francia no lo sé, pero de cosas interesantes, no de cosas de espías.
Entonces se da la vuelta sin aviso previo y se pone a andar hacia la Plaza San Juan.
-Me tengo que ir, déjeme usted información en Montecarlo, yo le prometo que el año que viene le doy la entrevista.

Mientras espero, ahí queda el aperitivo.


 

Robert posa junto a su ropa militar

El americano indomable *

 Robert lleva casi un cuarto de siglo recorriendo la comarca del Bidasoa con su inseparable atuendo militar. En este tiempo, se ha convertido en una persona muy conocida en Irun.

No hay ningún irundarra de verdad que no conozca a Robert. Probablemente muchos no sepan que se llama Robert, ni se hayan atrevido a cruzar nunca una palabra con él, pero reconocerían al instante a ese caminante que lleva décadas recorriendo las calles de Irún y de los alrededores con su inseparable atuendo militar. “Es un secreto, no podemos contar por qué voy vestido así. Si digo todos mis secretos no hay para otra entrevista. Pido la ropa a amigos y me la dan”, dice Robert con su vehemencia habitual. Sólo confiesa que lleva ese tipo de vestimenta desde 1985, cuando decidió instalarse definitivamente en Irun.

Robert nació el 28 de diciembre de 1937 en el neoyorkino barrio de Manhattan, hijo de una irundarra y un vallisoletano. “Mi madre era pura vasca, de un caserío de Peñas de Aia, se llamaba Micaela Múgica Ibarburu y mi padre era de una familia clero y militar”, indica con su peculiar acento estadounidense.

“La primera vez que vine a Irun fue en 1954, tenía 16 años y vine con mi madre sin saber hablar español porque en Estados Unidos mis padres hablaban siempre en americano. Volví a Nueva York más de un año después, cuando ya había cumplido 18”, explica.

Desde entonces, Robert tuvo varias idas y venidas de Irún a Nueva York hasta que en 1984, meses antes del fallecimiento de su madre, echó raíces en la comarca del Bidasoa. Durante ese tiempo, casi un cuarto de siglo, este ilustre irundarra se ha convertido en un auténtico experto en la chatarra, a cuya recogida se dedica por pura afición.

El gusto por recolectar objetos de valor entre la basura proviene de su juventud neoyorkina, cuando, según sus palabras, se convirtió en un consumado experto en antigüedades. “Algunos amigos míos tenían tiendas y solía ir a ayudarles. Yo conozco mucho de las antigüedades, nadie me puede engañar con eso, y hay gente que cree saber y no sabe nada, son mentirosos. Yo sé cuándo un candelero es auténtico o una reproducción”, afirma rotundo.

Pero fue en una de sus visitas a Irún en los años 70 cuando se enganchó definitivamente a la chatarra, actividad a la que se dedica como hobby, ya que recibe una cantidad fija de dinero de Estados Unidos cuatro veces al año como parte de su herencia. “Un hombre me propuso recoger chatarra y me enganché. Aprendí todo lo que hay que aprender, iba a unos talleres donde tiraban cosas y me enseñaban cómo desmontar aparatos sin el mínimo esfuerzo”, señala, aunque reconoce que al principio le costó. “Fue lo peor de mi vida porque nunca había hecho ese trabajo: me cortaba, me dañaba todo”. Hoy es conocido por la calidad de los objetos que encuentra: “Detesto que el cobre tenga grasa o esté oxidado en extremo, soy refinado y sé dónde encontrar las cosas buenas”, dice.

Robert es famoso tanto en Irún como al otro lado de la muga, adonde ha ido en múltiples ocasiones en busca de objetos abandonados y donde le han dedicado varios apodos. “Me han puesto unos motes en Francia. En los días de antaño me gustaba masticar chicles y los repartía con los niños y me pusieron en 1954 el mote de Chiclet. Hay gente que todavía me llama así. Cuando enseño el pasaporte a las autoridades en Francia me dicen: puedes seguir tu camino, Chiclet”.

“Otro de los motes que tengo –prosigue- es le parleur (el hablador) porque hablo mucho. Los musulmanes me llaman Bin Laden y los rumanos me llaman Ceaucescu. No me importa. Cuando me llaman así, digo: muy bien”, comenta con sorna.

A sus 70 años, Robert ha dejado algo de lado la chatarra, por la edad y por la feroz competencia de los rumanos. Eso sí, sigue dando largos paseos por Irún, donde lleva una vida tranquila en su piso en el que le acompañan Paulette II y Titine, sus dos gatas a las trata como si fueran sus hijas. Aunque le quedan familiares en Irún, no tiene con ellos una relación cercana, “estoy solito”, dice. En su día a día, recorre algunos bares de la ciudad, aunque deja claro que toma “poca cosa”. “Hago un recorrido fijo porque soy un tío de ideas fijas. Mi bar favorito es el Montecarlo. En otros me mandan fuera porque hablo fuerte y molesto”.

Estos años en la comarca han hecho de Robert una persona apreciada. “Hablo con la gente. Me hablan y luego cuando se marchan dicen que estoy loco. Yo me divierto, me río un poco de todos. Cuando pesco a uno hablo de todo lo que no he hablado en dos días”.

Sin embargo, afirma que no le gusta la actitud que tienen algunos jóvenes con él. “Me gusta Irún, he vivido en Bilbao, en San Sebastián, en Nueva York y en Irun. Pero no estoy contento con los jóvenes porque cada poco tiempo me insultan y me llaman loco”. Pese a que su aspecto castrense puede intimidar, Robert es inofensivo: “Soy una persona buena, no hago nada a nadie”.

*reportaje aparecido en la sección de Bidasoa del Noticias de Gipuzkoa en verano de 2008

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