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Anfitrión en su propio infierno

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Si pasear por el museo de Tuol Sleng (colina envenenada en idioma jemer) y leer las espeluznantes historias de lo que allí sucedió resulta desasosegante para cualquier turista despistado, es difícil imaginar qué siente Chum Mey. Tuol Sleng, en Phnom Penh, la capital de Camboya, es uno de esos lugares que nos conectan con lo peor de nosotros mismos, con la depravación a la que podemos llegar si se dan las circunstancias oportunas. En Camboya se dieron en la década de los setenta, cuando una horda de utopistas radicales apodados los Jemeres Rojos tomó el control del país y creó uno de los mayores horrores jamás conocidos. Los descascarillados muros de este antiguo centro de torturas llamado entonces S-21 siguen transmitiendo un desasosiego infinito. Es difícil no sentir escalofríos al desfilar delante de las fotos de algunos de los más 14.000 presos que fueron torturados en este centro y después ejecutados en un cercano campo de exterminio. Algunos parecen asustados, apesadumbrados, otros esbozan una leve e incongruente sonrisa, y muchos miran al objetivo con ojos incrédulos, sin entender nada de lo que les está ocurriendo y sin imaginarse el infierno que les espera en las semanas siguientes. Para huir de las abominables sesiones de torturas que sufrían a diario, todos terminaban confesando que trabajaban para la CIA o la KGB, aunque nunca hubieran oído hablar de tales organizaciones. A casi ninguno le sirvió para evitar la muerte.

Chum Mey sabe todo eso mejor que nadie. A sus 84 años, ve la jornada pasar sentado bajo la sombra de un árbol, a unos metros de la exigua celda que ocupó durante los dos peores meses de su vida. Es difícil entender por qué uno de los pocos supervivientes del centro de torturas S-21 acude todas las mañanas al que fue su infierno particular y pasa ocho horas delante de una mesa repleta de libros, revistas y DVDs, a la espera de que algún turista quiera comprar algo. Si alguien se interesa por él, sonríe, le atiende como puede (no habla una palabra de inglés) y le muestra el taco de libros que tiene delante con su fotografía en la portada: SURVIVOR. Después señala una foto en blanco y negro en la que aparece más joven, pero aún reconocible. Contaba entonces 49 años y acababa de salir vivo del infierno. De aquella imagen con siete supervivientes, tomada poco después de que la prisión fuera liberada por tropas vietnamitas en enero de 1979, sólo quedan vivos él y el pintor Bou Meng, más reacio a las entrevistas, que se sienta frente a él y también vende su biografía y recauda fondos para su propia fundación. Aunque hubo decenas de supervivientes que abandonaron la prisión antes de la liberación vietnamita, su rastro se perdió.

Bou Meng

Bou Meng

 

Resultaría difícil imaginar una situación parecida en Occidente, plantearse que un antiguo prisionero de Auschwitz o Buchenwald acudiera todos los días a su infierno personal para vender libros y hacer de vez en cuando tours guiados para turistas. Chum Mey no parece atormentado, su rostro transmite paz. “Vengo para recaudar fondos para mi fundación de ayuda a las víctimas de los jemeres rojos”, dice con mirada inescrutable.

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Sin embargo, como a menudo ocurre en Asia, la procesión va por dentro: “Me siento feliz de ayudar a los visitantes a entender lo que sucedió aquí, a darles un sentimiento real. Pero sigue siendo doloroso. La primera vez que volví fue para rodar un documental y me invadió una gran tristeza. Me apresaron por ser de la CIA, pero yo no sabía qué era eso”.

Desde hace cuatro acude todos los días al lugar a este recinto que le recuerda a su esposa y su hijo ejecutados, el hambre, el terror, los golpes, el dolor que sintió cuando le arrancaron una uña del pie durante una sesión de tortura. Lo peor, rememora, eran las descargas eléctricas. “Podía tolerar el dolor de los golpes, de la uña arrancada, pero no ser electrocutado. Era demasiado. Enganchaban un cable a mi oído izquierdo y sentía que mi cerebro estallaba. Kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk! Sentía que mi cabeza era como una máquina y mis ojos se incendiaban. Caí inconsciente dos veces”, relata en su biografía. Ni siquiera se atrevía a conversar con sus compañeros de celda, por miedo a represalias. “A veces nos comunicábamos entre nosotros sólo con sonrisas, pero normalmente no nos atrevíamos ni a mirarnos”, rememora.

Que Chum Mey siga vivo es un milagro. En 1975, cuando los Jemeres Rojos tomaron Phnom Penh, fue evacuado a la fuerza con su familia junto a miles de camboyanos. El primer día la carretera estaba tan atestada que apenas pudieron recorrer dos kilómetros y durmieron al borde de un río, rodeados de cadáveres que flotaban en el agua o se acumulaban en las cunetas. A los diez días llegaron al pueblo de Prek Kdam, destino final, donde se enteró de que el Angkar, el equivalente camboyano a las SS nazis, necesitaba mecánicos competentes. Gracias a sus conocimientos consiguió regresar a Phnom Penh junto a su familia, donde trabajó reparando tractores, automóviles y máquinas de coser.

DSC_0900Él y su familia fueron sobreviviendo durante el régimen infernal de Pol Pot hasta que el 28 de octubre de 1978 el Angkar le detuvo y fue llevado a la cárcel en la que hoy ejerce de anfitrión y guía. Al llegar a la prisión lo tiraron al suelo desde el coche y le dieron una fuerte patada en las costillas. “Por favor, dígale a mi mujer que probablemente no sobreviva”, pidió a uno de los soldados. Lo desvistieron, le midieron y le tomaron una foto antes de llevarle a su celda, donde le encadenaron las piernas con grilletes. En aquella celda 22, hoy uno de los principales atractivos del museo, sólo disponía de un recipiente para la orina y una vieja caja de municiones para los excrementos. “Cada vez que veo recipientes de agua y de cajas de municiones no puedo evitar las lágrimas”, confesó años después al periodista camboyano Sorya Sim.

Durante aquellos dos meses, desanimado por las duras sesiones de tortura que le obligaron a inventarse su pertenencia simultánea a la CIA y a la KGB, pensó en el suicidio. Dio a sus verdugos 64 nombres de traidores, aunque sólo diez eran reales y ya habían sido detenidos. Pero las confesiones sólo garantizaban una prórroga, unos días más con vida, el tiempo que necesitaban los funcionarios para mecanografiar los delirantes informes que les exigían sus superiores. Si resistió durante dos interminables meses en el centro fue sobre todo gracias a su pericia mecánica: los Jemeres Rojos le necesitaban para reparar máquinas de coser y de escribir.

Así aguantó hasta enero de 1979, cuando las tropas vietnamitas entraron en una Phnom Penh fantasmal y aprovechó el tumulto para escapar. En su huida dio por casualidad con su mujer y su hijo de dos meses y juntos continuaron el camino, pero el martirio no había terminado: aquella misma noche un grupo de jemeres rojos capturó y ejecutó a su mujer y a su niño. Nunca olvidará las últimas palabras de su esposa: “Escapa, me van a disparar”.

Durante los años siguientes se volvió a casar y siguió trabajando de mecánico, hasta que en 2011, coincidiendo con los juicios internacionales contra los dirigentes del Jemer Rojo comenzó a acudir a Tuol Sleng para recaudar fondos para su fundación. En ocasiones ha ejercido de guía turístico, rememorando sus peores pesadillas a cambio de una ayuda con la que también completa la exigua pensión de 25 dólares mensuales que le da el Gobierno camboyano. A Chum Mey le empuja la necesidad y parece mantenerle sereno la religión budista, de la que es devoto. En su libro cita un proverbio camboyano: “Si te muerde un perro loco, no le muerdas. Si lo haces, tú también estás loco”.

Apenas levanta la voz mientras rememora su historia, asegura no sentir rencor por los hombres que ejecutaron las torturas porque solo cumplían órdenes y no tenían elección. Pero el tono se transforma y su rostro se endurece cuando se acuerda de Kaing Guek Eav, alias Douch, el meticuloso director de S-21, que fue juzgado y condenado a cadena perpetua en 2011. La voz que era suave, casi inaudible, se vuelve firme y cortante.

“Sigo enfadado con Douch. Él vive en una cómoda cárcel y nunca va a sufrir lo que nosotros sufrimos aquí. Nada será nunca suficiente para que se haga justicia con los camboyanos. Sigue siendo muy doloroso recordar esto, pero quiero seguir declarando, quiero seguir contando mi historia al mundo para que sepan lo que pasó en Camboya”.

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Buscar lo imposible

P1060792A Tran Van Tiep le han denegado, a los 100 años, el permiso para seguir buscando un supuesto tesoro que el general japonés Tomoyuki Yamashita ocultó durante la Segunda Guerra Mundial al sur de Vietnam. Sus pruebas son el relato de un soldado nipón que se le aparece en sueños, algún objeto japonés hallado en la zona de excavaciones e información privilegiada que dice poseer y no quiere revelar a nadie. Parece que se rinde, o le obligan a ello, aunque hace unos meses me dijo que nunca renunciaría a su sueño. Su empresa es descabellada, pero posee el atractivo de las quimeras, de los sueños infantiles, de lo quijotesco contra viento y marea. Nos gustan las búsquedas imposibles.

La de Jim Reischl tampoco tiene solución fácil. En 1970 era un ingenuo joven de Minesotta de 21P1060761años enviado a Vietnam por el Ejército de Aviación estadounidense. Los tres primeros meses no salió de la base por miedo, pero un día se animó, vio el centro, el palacio presidencial, el mercado, el hotel Continental… y al ver que no era tan peligroso como imaginaba comenzó a frecuentar la noche de Saigón y conoció a Lien Hoa. Ella chapurreaba el suficiente inglés para comunicarse, y además tampoco necesitaron muchas palabras para disfrutar de los nueve meses que duró su relación, hasta que Jim terminó su servicio en Vietnam.  Dos meses antes de su partida, la chica le dijo que esperaba un niño suyo. Sus amigos le dijeron que no hiciera caso, que era un truco para forzarle a casarse y llevársela con él y prefirió hacerles caso, era más cómodo. “Estaba asustado y también temía enfrentarme a todo el papeleo. Quería que me quedara con ella en Vietnam, quizá estuviera realmente embarazada, quizá fuera todo verdad, no lo sé, pero entonces huí. Nunca supe con certeza si tuve un hijo en Vietnam”.

Aquel posible hijo perdido no le atormentó demasiado a su vuelta a Estados Unidos, cuando el año en Vietnam empezó a convertirse en un mal sueño e intentaba adaptarse a la vida normal. Escribió a Lien Hoa, pero nunca recibió respuesta y lo dio por imposible. A los pocos años se casó con otra mujer y un día, ordenando papeles, decidió romper la hoja en el que ella apuntó su nombre completo y sus señas, quería cerrar aquel capítulo de su vida, pero el pasado siempre nos alcanza.

Muchos años después, en 2001, en plena madurez y con un fracaso matrimonial a cuestas, le dio por pensar en aquella chica con la que posa sonriente en las fotos que conserva de su año en Vietnam y en 2005 inició una búsqueda por internet. Aquello no era suficiente y cinco años después, volvió a Saigón por primera vez para buscarla. Ha seguido volviendo desde entonces al menos una vez al año, colocando la vieja fotografía en anuncios de prensa, recorriendo la provincia natal de su antiguo amor, tratando de localizar a sus antiguos vecinos y aunque hubo algún indicio, alguna brizna de esperanza, de momento no han llegado los resultados. Ahora acaba de regresar a Vietnam y se quedará otros dos meses, viajando y tratando de dar con alguna pista. “Me preguntan que cuándo voy a dejar de buscar y no lo sé. No encuentro ningún motivo para dejar de hacerlo. Sólo quiero encontrarla, verla diez minutos, saber si tuvo un hijo mío, preguntarle qué tal está”, dice.

P1060778Larry Johnson, otro veterano, viajó a Vietnam hace un año con una situación casi idéntica, y con el propósito de rodar un documental sobre su búsqueda y su reencuentro con los fantasmas del pasado. No renuncia a dar con su novia y el hijo que no sabe si tuvo, pero durante su investigación se enamoró de otra mujer vietnamita y terminó casándose con ella y compartiendo su casa de Estados Unidos con los hijos que ella tenía de un matrimonio anterior.

Imagen 1No era su objetivo, pero está feliz de adónde le ha llevado su búsqueda y aún no pierde la esperanza de hallar a su antigua novia y averiguar si tuvo descendencia en Vietnam. A Brian Cleaver, un veterano australiano, le gustaría conservar la esperanza, pero se le ha agotado a golpe de pala. Lo que él busca son muertos, los 42 combatientes Vietcong que él y los miembros de su batallón enterraron en una fosa común tras la cruenta batalla de Coral-Balmoral en el sur del país. Traumatizado por lo vivido en el enfrentamiento, a duras penas pudo llevar una vida normal a su regreso a Australia. Lloraba sin motivo aparente o se encerraba en sí mismo y rechazaba hablar con nadie. Llevaba heridas que quizá no se curen nunca, pero en 2002 decidió volver a Vietnam como turista para enfrentarse a sus demonios. Tras unos días en Saigón, se animó a visitar el lugar de la batalla y allí le dijeron que aquellos cuerpos que enterraron y que él había aparcado en un rincón de su memoria nunca volvieron a aparecer. “Pensaba que los habrían encontrado después de la batalla y les habrían dado sepultura”, dice. Los fantasmas de aquella batalla le asediaban de nuevo, pero esta vez decidió enfrentarse a ellos y emprendió una obsesiva búsqueda de sus antiguos enemigos. Desde 2002 ha vuelto a Vietnam doce veces, ha dirigido las excavaciones en todos los agujeros de bomba encontrados en la zona de la batalla, ha implicado a las autoridades australianas y vietnamitas y se ha ilusionado como un niño ante la menor pista. Sin embargo, tras todos estos años apenas ha obtenido resultados positivos y afirma que ya no tiene sentido, que se da por vencido. “He hecho todo lo que puedo. Me ha dado por pensar que esos hombres lucharon juntos, murieron juntos y llevan casi medio siglo enterrados juntos. Quizá es que no quieren ser encontrados”.

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Algunas de estas historias están recogidas en este reportaje (en inglés) que hice para el South China Morning Post de Hong Kong, uno de los trabajos de los que más satisfecho me siento. Hice una versión más corta en castellano para El Confidencial.

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Si hubiera que elegir un himno para estas búsquedas imposibles, sería esta maravilla de Jacques Brel, La Quête.

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Taclobán tres meses después del tifón

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Este es el primer párrafo de mi reportaje publicado en la revista digital FronteraD sobre Taclobán tres meses después de ser arrasada por el tifón Haiyan. 

“Ahora estamos muy bien”. La frase suena inverosímil para el recién llegado a Taclobán, una ciudad convertida en escombrera, con cientos de edificios destruidos, miles de refugiados, con el suministro eléctrico apenas restaurado, con cadáveres que asoman todos los días entre las montañas de desperdicios. Pero la pronuncian con una enorme sonrisa algunos lugareños que lo perdieron todo y reconstruyen sus casas con un ánimo inquebrantable, unidos en torno a un lema que les impulsa a seguir luchando en un paraje desolado: “Tindog Tacloban” (“Taclobán, en pie” en waray, el habla local). Las pancartas, murales y camisetas con el grito de guerra se extienden como una ola de entusiasmo por las ruinas de la ciudad que el pasado 8 de noviembre sufrió el tifón más potente jamás registrado sobre el planeta en tierra firme. Taclobán sigue en ruinas, pero ya no presenta una estampa apocalíptica, ya no vagan como zombis los supervivientes en busca de comida, ni hay saqueos, y el hedor de los cientos de cadáveres que yacían desperdigados por toda la ciudad ha ido dejando su sitio al tentador aroma de los lechones y pollos asados de las tascas que reabren sus puertas, a la vida, que se abre paso, titubeante pero imparable.

El resto se puede leer aquí. Dejo algunas fotos.

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Una tarde en el fútbol

P1060411Lo más fascinante de Sebastián Gastón Merlo no es su carrera triunfal en un club vietnamita viniendo de los arrabales del fútbol argentino. No son sus dos títulos de Liga, sus dos Copas, sus tres trofeos de máximo goleador, sus premios de mejor jugador extranjero. Tampoco lo es su prodigioso salto del fútbol amateur al lujo asiático con fichas propias de la primera división de su país. Lo más fascinante es cómo se convirtió en el hombre que pudo reinar, cómo le venera un pueblo del que hasta 2009 no sabía nada. Tenía ganas de ir al estadio Chi Lang de Danang, en el centro de Vietnam, para comprobar in situ la adoración con que tratan a este joven delantero que milita en sus filas desde 2009. Tras entrevistarle, me invitó a ir al partido junto a su esposa, su hija y dos amigos de Argentina.

El choque arranca con una mala noticia: Merlo está en el banquillo. “Tiene un problema en el pie”, me comenta Carolina, su esposa, sentada en la fila de delante. Es mi primera vez en un estadio de Vietnam. He visto a los vietnamitas desgañitarse delante de una pantalla de televisión, celebrar goles del Barcelona al borde de un ataque de nervios, maldecir en arameo (o vietnamita, que es parecido) por una derrota del Manchester United, pero nunca había observado un partido autóctono. El rival del día es el Haiphong, el correoso equipo de una ciudad portuaria que en 2009 fichó al brasileño Denilson para un par de partidos. El experimento no resultó, el brasileño al que Lopera compró en su día por 5.000 millones estaba gordo y lesionado y a los aficionados les duró la paciencia dos domingos, hasta que estallaron y cubrieron el campo con todo tipo de objetos, incluida una cabeza de perro. Merlo era entonces un recién llegado a Vietnam y tuvo la desgracia de jugar aquel partido ante el Haiphong.

La historia me hace mirar con cierto recelo a los 150 hinchas que han viajado más de 500 kilómetros para acompañar a su equipo en un intranscendente partido de Liga. Ignoro si es por la intimidación de los militares desplegados por todo el estadio, pero el pequeño grupo de aficionados “rojillos” se limita a cantar y dar palmas para su equipo en uno de los fondos. Frente a nosotros, a pleno sol, “la barra brava” local responde con sus camisetas naranjas y su  charanga, que adereza el tradicional despliegue de trompetas y bombos con el toque zen de los platillos orientales.

Sebastián Gastón Merlo

Sebastián Gastón Merlo

El Danang es quien empieza dominando, desbordando por las bandas a base de velocidad y regate. A los cinco minutos, uno centro desde la derecha encuentra la cabeza del ariete y la pelota termina en las redes del Haiphong. Conociendo el fanatismo de los vietnamitas por el fútbol, esperaba el éxtasis de la grada, saltos de alegría, gritos de histeria, rostros enrojecidos y venas hinchadas para celebrar tan temprana hazaña. Pero no. Apenas unos aplausos no mucho más ruidosos que los de la jugada anterior, alguna sonrisa y un afectuoso apretón de manos con mi vecino. La charanga ni siquiera deja de tocar, las gargantas del Haiphong son las únicas que reaccionan y redoblan esfuerzos para alentar a los suyos. “Son muy civilizados. Otras veces, si el otro equipo marca un gol o hace una buena jugada también lo aplauden igual. Algo impensable en Argentina”, me comenta Héctor, amigo de Merlo sentado a mi lado.

El primer tiempo transcurre con su fútbol directo, los murmullos desconfiados de la grada cuando la toca el arquero local y la incansabla charanga de Danang. Los hinchas de Haiphong se han ido apagando a medida que pasaban los minutos. El descanso ofrece una estampa parecida a la de cualquier estadio español, la misma atmósfera cargada de humo de tabaco que camufla el olor de los bocadillos de paté. Este sopor de pan y humo se rompe con un murmullo y después un aplauso: calienta Merlo. Al cuarto de hora del segundo tiempo, con el Haiphong apretando cada vez más, la ovación es general: sale Merlo. El delantero, con el brazalete de capitán, cojea y apenas participa en el juego, pero no importa. Es un semidios, ya hizo lo suficiente y cualquier acción en la que aparezca  su imponente figura dispara la imaginación de los seguidores locales, que pronuncian su nombre como si tuviera poderes mágicos: “Meló, Meló”.  En cuanto el equipo arma un contraataque, reclaman que le entreguen la bola al corpulento delantero nacido en la provincia de Córdoba. Sus ojos ya no siguen la pelota, sino al héroe que les dio tantas tardes de gloria. Cuando por fin pisa el área y amaga un tímido disparo a puerta, la hinchada roza el éxtasis. No consigue marcar en todo el partido, pero no importa, es el más ovacionado, como corresponde a los dioses. Ya me había avisado Merlo medio en broma: “Los hinchas del Danang son tan fanáticos que son capaces de preferir a Merlo antes que a Messi”.

Aquí, cuento para Efe la historia de Merlo en el fútbol vietnamita.

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La cara oculta del sueño coreano

Para millones de mujeres vietnamitas, Corea es un sueño. Corea es glamour, telenovelas de un romanticismo desgarrador, estrellas musicales que vuelven locas a las adolescentes. ¿Cómo lograr el sueño cuando vives en una mísera aldea del delta del Mekong o de las montañas de Dak Lak? Lo más sencillo es tener un marido coreano. Ellos no se oponen, al contraio, en la última década se han multiplicado los matrimonios entre hombres coreanos y mujeres vietnamitas se han multiplicado. La mayoría conocen a sus futuras esposas a través de agentes que rastrean las regiones más deprimidas en busca de candidatas deseosas de vivir el sueño coreano. En muchos casos, el matrimonio llega tras apenas una semana de noviazgo. Pero cuando llegan a Seúl, muchas de esas chicas ven cómo el sueño se convierte en pesadilla. No soportan el choque cultural y se sienten incapaces de satisfacer a sus maridos, que las terminan dejando.  Otras toman caminos más radicales y se quitan la vida. Consciente del problema, el Gobierno coreano patrocina desde hace tres años un curso que desvela a las mujeres vietnamitas algunos secretos para mantener contentos a sus esposos. El artículo completo, aquí.

Algunas de las alumnas del curso especial para vietnamitas casadas con coreanos en Saigón.

Algunas de las alumnas del curso especial para vietnamitas casadas con coreanos en Saigón.

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Tragar bilis

Un oso en el refugio de Animals Asia en Tam Dao. Autor: Víctor González

Un oso en el refugio de Animals Asia en Tam Dao. Autor: Víctor González

Autor: Víctor González

Autor: Víctor González

Vietnam acumula mucho retraso en la protección del medio ambiente. Los animales son vistos como un mero alimento o, en el caso de los osos, como un surtidor de medicinas. Curanderos de toda Asia atribuyen a la bilis de oso virtudes milagrosas para combatir enfermedades hepáticas e incluso algunos tipos de cáncer, pero lo único cierto es que uno de los componentes de la bilis de este animal es el ácido ursudesoxicólico, usado en la medicina convencional para paliar los efectos de enfermedades como la hepatitis y reducir el colesterol. Hay pacientes dispuestos a pagar grandes cantidades por la pócima. Los furtivos los cazan, los venden a un traficante que lo revende, haciendo el gran negocio, a los granjeros. Estos extraen la bilis del animal todos los meses y revenden el elixir a boticas tradicionales, especialmente en Hanói. La Fundación Animals Asia ha construido un refugio cerca de Hanoi para dar cobijo a los animales rescatados de las granjas, ilegales sobre el papel. De momento tienen 104 osos, algunos de ellos con muy mala salud tras años de mala vida en las granjas, y esperan seguir creciendo. Podéis leer aquí la crónica que publiqué para Efe sobre el asunto.

Autor: Víctor González

Autor: Víctor González

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