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Robert

Robert en su casa

Mi amigo Alacrespo, que me mantiene al tanto de lo que pasa en Irún, me ha golpeado esta mañana con la noticia de la muerte de Robert. Algunos lo conocían como Chicltet (tenía afición a la goma de mascar de aquella marca americana) y la mayoría como el tío (o el loco) vestido de militar. Aquella figura desgarbada, que recorría la comarca del Bidasoa rebuscando chatarra en los contenedores, con su inconfundible atuendo castrense, el aspecto desaliñado que le daban su barba y su melena, su enorme bastón de profeta y su habla atropellada, imparable y confusa, con ese acento inclasificable. Recuerdo la primera vez que lo vi, con 9 o 10 años, en aquella tienda de música (ya no hay tiendas de nada) cerca de la esquina del Paseo de Colón con la Avenida de Guipúzcoa. Me fascinó desde el principio aquel loco que hablaba sin parar y a quien apenas podía entender. Lo seguí viendo de vez en cuando, y tiempo después, cuando siendo un joven periodista me interesé por su historia, supe que aquellos eran sus dominios, que pasaba mucho tiempo en el bar Montecarlo, que vivía en Larreaundi (llegué a estar en su casa, a ver su armario repleto de trajes militares, los muros diáfanos, la bandera estadounidense colgada, pero no esa habitación de la madre muerta en la que nunca entraba), que vivía de una pensión que le llegaba mensualmente de los Estados Unidos. Se oían todo tipo de rumores sobre él que Javier San Martín (Shaf) reflejó en el imprescindible documental que le dedicó hace unos años. Yo quería entrevistarle, entresacar su historia entre aquel discurso inconexo. No sé si lo conseguí, pero más de dos años después de abordarle por primera vez para pedirle la entrevista, por fin me la concedió. Al principio me decía que sí, pero que no, porque no le había gustado lo que había hecho San Martín en Txingudi Telebista (no llegué a ver aquel programa) y cada vez que nos veíamos me contaba alguna historia con la que yo esperaba estar ganándome la confianza de aquel hombre irredento. Copio debajo uno de aquellos encuentros que hoy me alegro mucho de haber escrito a finales de 2006. Un año y medio después me concedió por fin la entrevista para Noticias de Gipuzkoa, donde yo trabajaba. No he encontrado el contenido publicado, ni sé la fecha exacta, aunque sí que era verano de 2008. Fue un privilegio visitar su casa y compartir aquella conversación con él, aunque me costara hilvanar con aquello un relato coherente. En algún disco duro debo de tener la grabación de aquella entrevista ingobernable. Dejo aquí ambos textos con algunas fotos hechas en su modesto piso del barrio de Larreaundi.


MARTES, NOVIEMBRE 21, 2006

Con Robert

Robert cruza la carretera del Paseo Colón en el semáforo de Margarita, bajo la lluvia. Yo voy por la acera de la Caja Laboral, le veo y le saludo sin mucha convicción, no sé si se acordará de mí, pero finjo aplomo: “¿Qué tal estás, Robert?”. Robert no se para en menudencias, es hombre ocupado y con poco tiempo que perder en formalidades. “Estoy muy enfermo” (lo dice sin el énfasis de otras veces, sin detenerse en la frase). Va con su uniforme habitual: traje de militar con gorra y botas incluidas. Lleva una extraña protección, que parece de cuero, en las espinillas, quizá sea porque hace un día lluvioso. Como siempre, camina apoyándose en ese bastón que le llega casi hasta la barbilla. Su barba está algo más larga que las últimas veces que le vi. Nunca lo había pensado pero creo que la lleva para tapar un lunar gigantesco que tiene cerca de la mejilla. Por debajo de la gorra se ve su media melena en la que las canas empiezan a ganar la partida. Su reacción al verme no es ni de alegría ni lo contrario: es natural, lo que representa un avance cualitativo. Lo más difícil está hecho, ya no soy un ser hostil. Nos refugiamos bajo los balcones junto a la Caja Laboral y, también como siempre, comienza su discurso desordenado y atropellado mientras su mirada se pierde en cualquier lugar excepto los ojos de su interlocutor, por los que pasa fugazmente de vez en cuando, como para comprobar una vez más si puede fiarse de ese tipo que dice que es periodista.
-Vengo del centro médico Bidasoa y me han dicho que tengo un problema en el hígado y tengo un pulmón más chico que otro. Tendrá que ser la entrevista el año que viene si sigo vivo. (le va el drama).
-Vaya
-Sí, porque en 1971 yo estuve en Estados Unidos y unos machucos..
-Unos qué?
-Macucos, unos indios nativos de allí me intentaron vender droga y yo les dije que no y uno me clavó un puñal dos veces. Y desde entonces tengo este problema. Tendría que ir a Estados Unidos a un médico de allí pero viviendo aquí y siendo hijo de una vasca no me van a hacer caso. Allí sólo quieren a los americanos blancos de allí, es el problema que hay.
-Claro
-Pero usted me tiene que dar sus credenciales porque hay gente que dice que es periodista y luego quiere reírse con los amigos. Y también Txingudi telebista me hizo y el resultado fue malo
-No, no, no es para eso.
-Porque el de Montecarlo, el hermano me ha dicho que usted quiere sacarme como a alguien raro.
-No, raro, no.
-Pero hay que tener cuidado porque luego sale en todo Euskadi y la gente me dice. Pero el año que viene. Ya no estoy para la chatarra, ya no me interesa. Esos rumanís son mala gente. El otro día uno quería un calentador y yo le dije que le cobraba. Yo no soy tonto, me toman por tonto, lo mismo con un cable de cobre, lo guardé para mí.
De mí se ríe mucha gente pero yo nunca he intentado morirme. Mire, el hijo de un amigo, un chico que valía, trabajaba como dos hombres, hizo tonterías, tomó licor con unas pastillas y no se murió, pero se quedó toda la vida así.
Entonces Robert se pone rígido, tornea los ojos y saca la lengua hacia un lado, como los ahorcados de las pelis. No puedo reprimir una carcajada que disfrazo de cómplice para no herirle. Veo que voy ganando puntos con él porque se toma bien mi reacción y repite el gesto para hacerme gracia.
-Sí, así toda la vida. Eso es peor que morirse. Ahora no puede levantar ni una cuchara. Pero esos rumanís son duros. Han hecho un entrenamiento militar en su país y lo aguantan todo. ¿No ha hecho nada en su periódico sobre ellos? ¡Hasta luego! (saluda a un hombre sonriente que va con su niña. Siempre que estoy con Robert aparece ese hombre)
-No
-Pues tiene que hacer de ellos. Un día voy a salir en su periódico porque le pego una hostia a uno. Porque yo tengo muy mal genio, muy malo, pero lo guardo para mí y un día voy a explotar.
-Mire, aquí llevo el periódico.
Hace una mínima concesión a las normas de cortesía desviando la mirada un microsegundo hacia el periódico sin ningún signo de interés.
-Pero me han dicho un amigo de HB que ese es un periódico facha.
-No, no, no es facha.
-A mí me da igual. Yo antes estaba en una secta pero ya no estoy en ninguna. Ya salí de la secta.
Le voy a preguntar por el tema pero es un huracán, no da lugar a réplica. Creo que es lo mejor para obtener información, no preguntarle nada. Las preguntas le hacen sospechar. Cambia de tema sin transición.
-Pero esos romanos son muy fuertes. Allí en los Cárpatos, en el caucasiano, crece una hierba que no es una droga pero ellos la toman y les da energía. No es una droga.
-¿Como el café?
-Sí, como yo tomo café para estar bien o chocolate o cosas, ellos toman eso, les de stamina (se le escapa el inglés).
No sé cómo da otro salto temático.
-Es como lo que está haciendo Bush en…
-En Irak? (escucha empática)
-Sí, en Irak. Yo no sé si Bush es buena persona, no lo conozco. A Bin Laden tampoco. Pero Bin Laden dijo que Bush es un hipócrita. A mí me dicen tú vas vestido así entonces eres un fascista. A mí me da igual si ponen una bomba aquí y tiran una o dos chimeneas o si ponen una bomba en Vic. ¿Usted vive por aquí cerca?
-Sí, al lado
-Pero bueno, usted ya tiene mi apartado de correos y mi referencia, escríbame una carta.
-Sólo tengo su teléfono.
Hace un amago de ir a darme algún dato, pero la idea no dura mucho tiempo en su cabeza.
-Bueno, cualquier cosa me deja información en el bar Montecarlo. Ahora con el pulmón no puedo. Y me tienen que mirar la… (nunca recuerdo el nombre de la enfermedad que dice que tiene, siempre que lo dice se señala las muñecas, por lo que le entendí es algo del sistema inmunológico y es una palabra en plural).
-Le tienen que operar del pulmón?
-No, eso no tiene operación. Tengo 69 años el 28 de diciembre. Eso es para toda la vida. Estoy bien, no me canso. El sábado tenía que ir a Francia a llevar un encargo de antigüedades a unos familiares y luego estuve andando por Ciboure y San Juan de Luz. Y al día siguiente no me dolía nada, hice 16 kilómetros. Una persona que está mal no hace eso. Me dicen que si soy un infiltrado. Yo en España desde luego que no soy un infiltrado, en Francia no lo sé, pero de cosas interesantes, no de cosas de espías.
Entonces se da la vuelta sin aviso previo y se pone a andar hacia la Plaza San Juan.
-Me tengo que ir, déjeme usted información en Montecarlo, yo le prometo que el año que viene le doy la entrevista.

Mientras espero, ahí queda el aperitivo.


 

Robert posa junto a su ropa militar

El americano indomable *

 Robert lleva casi un cuarto de siglo recorriendo la comarca del Bidasoa con su inseparable atuendo militar. En este tiempo, se ha convertido en una persona muy conocida en Irun.

No hay ningún irundarra de verdad que no conozca a Robert. Probablemente muchos no sepan que se llama Robert, ni se hayan atrevido a cruzar nunca una palabra con él, pero reconocerían al instante a ese caminante que lleva décadas recorriendo las calles de Irún y de los alrededores con su inseparable atuendo militar. “Es un secreto, no podemos contar por qué voy vestido así. Si digo todos mis secretos no hay para otra entrevista. Pido la ropa a amigos y me la dan”, dice Robert con su vehemencia habitual. Sólo confiesa que lleva ese tipo de vestimenta desde 1985, cuando decidió instalarse definitivamente en Irun.

Robert nació el 28 de diciembre de 1937 en el neoyorkino barrio de Manhattan, hijo de una irundarra y un vallisoletano. “Mi madre era pura vasca, de un caserío de Peñas de Aia, se llamaba Micaela Múgica Ibarburu y mi padre era de una familia clero y militar”, indica con su peculiar acento estadounidense.

“La primera vez que vine a Irun fue en 1954, tenía 16 años y vine con mi madre sin saber hablar español porque en Estados Unidos mis padres hablaban siempre en americano. Volví a Nueva York más de un año después, cuando ya había cumplido 18”, explica.

Desde entonces, Robert tuvo varias idas y venidas de Irún a Nueva York hasta que en 1984, meses antes del fallecimiento de su madre, echó raíces en la comarca del Bidasoa. Durante ese tiempo, casi un cuarto de siglo, este ilustre irundarra se ha convertido en un auténtico experto en la chatarra, a cuya recogida se dedica por pura afición.

El gusto por recolectar objetos de valor entre la basura proviene de su juventud neoyorkina, cuando, según sus palabras, se convirtió en un consumado experto en antigüedades. “Algunos amigos míos tenían tiendas y solía ir a ayudarles. Yo conozco mucho de las antigüedades, nadie me puede engañar con eso, y hay gente que cree saber y no sabe nada, son mentirosos. Yo sé cuándo un candelero es auténtico o una reproducción”, afirma rotundo.

Pero fue en una de sus visitas a Irún en los años 70 cuando se enganchó definitivamente a la chatarra, actividad a la que se dedica como hobby, ya que recibe una cantidad fija de dinero de Estados Unidos cuatro veces al año como parte de su herencia. “Un hombre me propuso recoger chatarra y me enganché. Aprendí todo lo que hay que aprender, iba a unos talleres donde tiraban cosas y me enseñaban cómo desmontar aparatos sin el mínimo esfuerzo”, señala, aunque reconoce que al principio le costó. “Fue lo peor de mi vida porque nunca había hecho ese trabajo: me cortaba, me dañaba todo”. Hoy es conocido por la calidad de los objetos que encuentra: “Detesto que el cobre tenga grasa o esté oxidado en extremo, soy refinado y sé dónde encontrar las cosas buenas”, dice.

Robert es famoso tanto en Irún como al otro lado de la muga, adonde ha ido en múltiples ocasiones en busca de objetos abandonados y donde le han dedicado varios apodos. “Me han puesto unos motes en Francia. En los días de antaño me gustaba masticar chicles y los repartía con los niños y me pusieron en 1954 el mote de Chiclet. Hay gente que todavía me llama así. Cuando enseño el pasaporte a las autoridades en Francia me dicen: puedes seguir tu camino, Chiclet”.

“Otro de los motes que tengo –prosigue- es le parleur (el hablador) porque hablo mucho. Los musulmanes me llaman Bin Laden y los rumanos me llaman Ceaucescu. No me importa. Cuando me llaman así, digo: muy bien”, comenta con sorna.

A sus 70 años, Robert ha dejado algo de lado la chatarra, por la edad y por la feroz competencia de los rumanos. Eso sí, sigue dando largos paseos por Irún, donde lleva una vida tranquila en su piso en el que le acompañan Paulette II y Titine, sus dos gatas a las trata como si fueran sus hijas. Aunque le quedan familiares en Irún, no tiene con ellos una relación cercana, “estoy solito”, dice. En su día a día, recorre algunos bares de la ciudad, aunque deja claro que toma “poca cosa”. “Hago un recorrido fijo porque soy un tío de ideas fijas. Mi bar favorito es el Montecarlo. En otros me mandan fuera porque hablo fuerte y molesto”.

Estos años en la comarca han hecho de Robert una persona apreciada. “Hablo con la gente. Me hablan y luego cuando se marchan dicen que estoy loco. Yo me divierto, me río un poco de todos. Cuando pesco a uno hablo de todo lo que no he hablado en dos días”.

Sin embargo, afirma que no le gusta la actitud que tienen algunos jóvenes con él. “Me gusta Irún, he vivido en Bilbao, en San Sebastián, en Nueva York y en Irun. Pero no estoy contento con los jóvenes porque cada poco tiempo me insultan y me llaman loco”. Pese a que su aspecto castrense puede intimidar, Robert es inofensivo: “Soy una persona buena, no hago nada a nadie”.

*reportaje aparecido en la sección de Bidasoa del Noticias de Gipuzkoa en verano de 2008

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Fantasmas

“Disculpe, señora, mi amigo es un periodista español y estamos buscando a gente que recuerde cómo era esta calle durante la guerra, en los años 60”. Linh, mi intérprete, se ha lanzado a abordar a esta señora que ronda los 80 años y que se sostiene en pie a duras penas al borde de la carretera. Me apuro un poco al ver su aspecto frágil, buscamos a gente de su edad, pero hemos interrumpido su paseo de manera un poco brusca y sus piernas tambaleantes no parecen dispuestas a un esfuerzo extra.

Ella nos mira un segundo con una media sonrisa antes de extraviarse a otro tiempo en el que nunca dejó de estar, un tiempo que seguramente ha visitado todos los días de su vida y que se llevará consigo cuando esas piernas tambaleantes se den por vencidas. “Antes la vida era más difícil, sufrimos mucho, pasaron cosas terribles”, alcanza a decir, entre sollozos y lágrimas que empiezan a resbalar por su rostro descompuesto. Sus piernas no sostienen solo un cuerpo anciano, arrastran penas de 50 años, sufrimientos que se incrustan entre los huesos y que no se dejan nunca atrás. Se disculpa y continúa su fatigoso paseo. Mientras se aleja, pienso medio aturdido que compartimos con ella el espacio, pero no el tiempo, ella se quedó a vivir para siempre en aquel trauma de hace medio siglo.

Vietnam es hoy el nuevo dragón asiático, símbolo de la pujanza, del dinamismo de una economía que entres décadas ha pasado de la nada a convertirse en modelo de crecimiento. La guerra es pasado, dicen, todo quedó atrás, miramos hacia delante. Y sin embargo, a veces basta una simple pregunta para que afloren fantasmas que nunca terminaron de marcharse.

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¿Dónde se habrá metido este Javier?

Dejo aquí mi pequeño homenaje a Javier Krahe, una adaptación de ¿Dónde se habrá metido esta mujer? 

¿Dónde se habrá metido este Javier?

Cuando pienso que son ya las once y pico
Y el concierto se programó a las diez
No aparece y no dejó nada escrito
¿Dónde se habrá metido este Javier?

Si pregunto nadie me satisface
El Guereña me dice no saber
Andreas Prittwitz es sueco o se lo hace
¿Dónde se habrá metido este Javier?

Yo venía a escuchar la de Marieta
Como Ulises y Fuera de la grey
Mariví, Cuervo ingenuo, La tormenta
¿Dónde se habrá metido este Javier?

¿A qué viene tantísimo alboroto?
Tanta gente que quiere hablar de él
Los de siempre poniéndose en la foto
¿Dónde se habrá metido este Javier?

No me cuadra, todo esto no me cuadra
Tanta loa y tanto quedar bien
Nada bueno, si tanta chusma ladra
¿Dónde se habrá metido este Javier?

Pero bueno, si sale en las noticias
Hablan de él, pardiez, hablan de él
¿Algo malo o es que le hacen justicia?
¿Dónde se habrá metido este Javier?

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Vencedor y vencido

DSC_0828Minutos después del gran desfile en el que se le rindió homenaje, Tran Be, de 90 años, interrumpe su descanso a la sombra de un árbol para posar ante un fotógrafo. Lleva el mismo uniforme caqui con el que hace 40 años contribuyó a asaltar el palacio presidencial (hoy de la Reunificación) de Vietnam del Sur, la famosa imagen de los tanques derribando la verja, el último llanto de un régimen que estaba muerto desde el principio. Me acerco con sigilo, merodeo por los alrededores mientras el fotógrafo dispara. Cuando termina, me lanzo y le pido al fotero que me haga de intérprete para hacerle unas preguntas al héroe de guerra. Acepta sin problemas, al igual que el anciano. “¿De dónde es? ¿Es americano?”, pregunta el veterano con una sonrisa antes de empezar. Cuenta que estaba en una de las unidades que asaltaron el Palacio, pero no termina de aclarar su papel, no quiere perderse en detalles, prefiere recordar a sus compañeros caídos en la guerra americana. “Estoy muy contento por el homenaje y por seguir vivo después de haber perdido a tantos amigos en la guerra”.

Como si tuviera la lección aprendida, recuerda orgulloso cómo su país ha pasado de la extrema pobreza al crecimiento económico de los últimos años. “Creo que pronto Vietnam será un país rico”, cierra. Me da la mano con una energía sorprendente antes de montar en un coche junto a su nieta, que nos vigila de cerca.

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Días antes de los fastos compartí un café con Nam Dinh, un conductor de ciclo de 65 años siempre a la caza de turistas frente al mercado de Ben Thanh. A los 19 años se alistó en el Ejército de Vietnam del Sur  y trabajó codo con codo con los americanos. “Mi familia era de origen chino y apoyaba al Gobierno del sur y antes a los franceses”, dice encogiéndose de hombros. No se hizo demasiadas preguntas, sobre todo cuando le ofrecieron un buen salario, seguro sanitario y educación para sus hijos. Luchó durante seis años en Danang, Cu Chi y Thay Ninh y le pilló la ofensiva del Tet en Saigón en 1968.

La peor pesadilla comenzó para él después de la guerra, cuando fue enviado a los llamados campos de reeducación, que en realidad eran de trabajos forzados. A él le tocó trabajar de dinamitero en una cantera de mármol y aún le ruge el estómago cuando recuerda las duras jornadas de trabajo sin nada que llevarse a la boca  las incursiones en la selva en busca de plátanos o cualquier cosa que calmara el hambre. En 1978 lo soltaron, pero las cosas no mejoraron demasiado: su pasado le impedía trabajar para cualquier empresa pública, que en aquellos tiempos duros del comunismo eran todas. Sobrevivió como pudo durante más de una década, fue viendo cómo el país iba abriéndose y comprobó que el inglés que le enseñaron los americanos le era útil cuando comenzaron a llegar los turistas extranjeros. Se compró un ciclo  y con el tiempo una moto y ambas le sirvieron para ganarse unos dongs con los que mantener a su familia. Sus siete hijos ya son mayores y tiene 17 nietos. Aunque cree que el país no va tan bien como dicen, no le interesa hablar de política y lo único que le interesa es que sus hijos sigan conservando sus empleos. “Sólo quiero que ellos tengan un buen futuro”.

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Un par de fotos de la celebración de la caída de Saigón el pasado 30 de abril. Aquí, el artículo que hice para Efe.

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Anfitrión en su propio infierno

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Si pasear por el museo de Tuol Sleng (colina envenenada en idioma jemer) y leer las espeluznantes historias de lo que allí sucedió resulta desasosegante para cualquier turista despistado, es difícil imaginar qué siente Chum Mey. Tuol Sleng, en Phnom Penh, la capital de Camboya, es uno de esos lugares que nos conectan con lo peor de nosotros mismos, con la depravación a la que podemos llegar si se dan las circunstancias oportunas. En Camboya se dieron en la década de los setenta, cuando una horda de utopistas radicales apodados los Jemeres Rojos tomó el control del país y creó uno de los mayores horrores jamás conocidos. Los descascarillados muros de este antiguo centro de torturas llamado entonces S-21 siguen transmitiendo un desasosiego infinito. Es difícil no sentir escalofríos al desfilar delante de las fotos de algunos de los más 14.000 presos que fueron torturados en este centro y después ejecutados en un cercano campo de exterminio. Algunos parecen asustados, apesadumbrados, otros esbozan una leve e incongruente sonrisa, y muchos miran al objetivo con ojos incrédulos, sin entender nada de lo que les está ocurriendo y sin imaginarse el infierno que les espera en las semanas siguientes. Para huir de las abominables sesiones de torturas que sufrían a diario, todos terminaban confesando que trabajaban para la CIA o la KGB, aunque nunca hubieran oído hablar de tales organizaciones. A casi ninguno le sirvió para evitar la muerte.

Chum Mey sabe todo eso mejor que nadie. A sus 84 años, ve la jornada pasar sentado bajo la sombra de un árbol, a unos metros de la exigua celda que ocupó durante los dos peores meses de su vida. Es difícil entender por qué uno de los pocos supervivientes del centro de torturas S-21 acude todas las mañanas al que fue su infierno particular y pasa ocho horas delante de una mesa repleta de libros, revistas y DVDs, a la espera de que algún turista quiera comprar algo. Si alguien se interesa por él, sonríe, le atiende como puede (no habla una palabra de inglés) y le muestra el taco de libros que tiene delante con su fotografía en la portada: SURVIVOR. Después señala una foto en blanco y negro en la que aparece más joven, pero aún reconocible. Contaba entonces 49 años y acababa de salir vivo del infierno. De aquella imagen con siete supervivientes, tomada poco después de que la prisión fuera liberada por tropas vietnamitas en enero de 1979, sólo quedan vivos él y el pintor Bou Meng, más reacio a las entrevistas, que se sienta frente a él y también vende su biografía y recauda fondos para su propia fundación. Aunque hubo decenas de supervivientes que abandonaron la prisión antes de la liberación vietnamita, su rastro se perdió.

Bou Meng

Bou Meng

 

Resultaría difícil imaginar una situación parecida en Occidente, plantearse que un antiguo prisionero de Auschwitz o Buchenwald acudiera todos los días a su infierno personal para vender libros y hacer de vez en cuando tours guiados para turistas. Chum Mey no parece atormentado, su rostro transmite paz. “Vengo para recaudar fondos para mi fundación de ayuda a las víctimas de los jemeres rojos”, dice con mirada inescrutable.

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Sin embargo, como a menudo ocurre en Asia, la procesión va por dentro: “Me siento feliz de ayudar a los visitantes a entender lo que sucedió aquí, a darles un sentimiento real. Pero sigue siendo doloroso. La primera vez que volví fue para rodar un documental y me invadió una gran tristeza. Me apresaron por ser de la CIA, pero yo no sabía qué era eso”.

Desde hace cuatro acude todos los días al lugar a este recinto que le recuerda a su esposa y su hijo ejecutados, el hambre, el terror, los golpes, el dolor que sintió cuando le arrancaron una uña del pie durante una sesión de tortura. Lo peor, rememora, eran las descargas eléctricas. “Podía tolerar el dolor de los golpes, de la uña arrancada, pero no ser electrocutado. Era demasiado. Enganchaban un cable a mi oído izquierdo y sentía que mi cerebro estallaba. Kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk! Sentía que mi cabeza era como una máquina y mis ojos se incendiaban. Caí inconsciente dos veces”, relata en su biografía. Ni siquiera se atrevía a conversar con sus compañeros de celda, por miedo a represalias. “A veces nos comunicábamos entre nosotros sólo con sonrisas, pero normalmente no nos atrevíamos ni a mirarnos”, rememora.

Que Chum Mey siga vivo es un milagro. En 1975, cuando los Jemeres Rojos tomaron Phnom Penh, fue evacuado a la fuerza con su familia junto a miles de camboyanos. El primer día la carretera estaba tan atestada que apenas pudieron recorrer dos kilómetros y durmieron al borde de un río, rodeados de cadáveres que flotaban en el agua o se acumulaban en las cunetas. A los diez días llegaron al pueblo de Prek Kdam, destino final, donde se enteró de que el Angkar, el equivalente camboyano a las SS nazis, necesitaba mecánicos competentes. Gracias a sus conocimientos consiguió regresar a Phnom Penh junto a su familia, donde trabajó reparando tractores, automóviles y máquinas de coser.

DSC_0900Él y su familia fueron sobreviviendo durante el régimen infernal de Pol Pot hasta que el 28 de octubre de 1978 el Angkar le detuvo y fue llevado a la cárcel en la que hoy ejerce de anfitrión y guía. Al llegar a la prisión lo tiraron al suelo desde el coche y le dieron una fuerte patada en las costillas. “Por favor, dígale a mi mujer que probablemente no sobreviva”, pidió a uno de los soldados. Lo desvistieron, le midieron y le tomaron una foto antes de llevarle a su celda, donde le encadenaron las piernas con grilletes. En aquella celda 22, hoy uno de los principales atractivos del museo, sólo disponía de un recipiente para la orina y una vieja caja de municiones para los excrementos. “Cada vez que veo recipientes de agua y de cajas de municiones no puedo evitar las lágrimas”, confesó años después al periodista camboyano Sorya Sim.

Durante aquellos dos meses, desanimado por las duras sesiones de tortura que le obligaron a inventarse su pertenencia simultánea a la CIA y a la KGB, pensó en el suicidio. Dio a sus verdugos 64 nombres de traidores, aunque sólo diez eran reales y ya habían sido detenidos. Pero las confesiones sólo garantizaban una prórroga, unos días más con vida, el tiempo que necesitaban los funcionarios para mecanografiar los delirantes informes que les exigían sus superiores. Si resistió durante dos interminables meses en el centro fue sobre todo gracias a su pericia mecánica: los Jemeres Rojos le necesitaban para reparar máquinas de coser y de escribir.

Así aguantó hasta enero de 1979, cuando las tropas vietnamitas entraron en una Phnom Penh fantasmal y aprovechó el tumulto para escapar. En su huida dio por casualidad con su mujer y su hijo de dos meses y juntos continuaron el camino, pero el martirio no había terminado: aquella misma noche un grupo de jemeres rojos capturó y ejecutó a su mujer y a su niño. Nunca olvidará las últimas palabras de su esposa: “Escapa, me van a disparar”.

Durante los años siguientes se volvió a casar y siguió trabajando de mecánico, hasta que en 2011, coincidiendo con los juicios internacionales contra los dirigentes del Jemer Rojo comenzó a acudir a Tuol Sleng para recaudar fondos para su fundación. En ocasiones ha ejercido de guía turístico, rememorando sus peores pesadillas a cambio de una ayuda con la que también completa la exigua pensión de 25 dólares mensuales que le da el Gobierno camboyano. A Chum Mey le empuja la necesidad y parece mantenerle sereno la religión budista, de la que es devoto. En su libro cita un proverbio camboyano: “Si te muerde un perro loco, no le muerdas. Si lo haces, tú también estás loco”.

Apenas levanta la voz mientras rememora su historia, asegura no sentir rencor por los hombres que ejecutaron las torturas porque solo cumplían órdenes y no tenían elección. Pero el tono se transforma y su rostro se endurece cuando se acuerda de Kaing Guek Eav, alias Douch, el meticuloso director de S-21, que fue juzgado y condenado a cadena perpetua en 2011. La voz que era suave, casi inaudible, se vuelve firme y cortante.

“Sigo enfadado con Douch. Él vive en una cómoda cárcel y nunca va a sufrir lo que nosotros sufrimos aquí. Nada será nunca suficiente para que se haga justicia con los camboyanos. Sigue siendo muy doloroso recordar esto, pero quiero seguir declarando, quiero seguir contando mi historia al mundo para que sepan lo que pasó en Camboya”.

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Entre dos mundos

Nunca había visto un alumbramiento hasta que vi nacer a mi propio hijo hace hoy tres meses. El médico lo hizo todo fácil, me dejaba asomarme y ver ese diminuto triángulo de pelo que intentaba salir, el hueco que se abría y se cerraba como las branquias de un pez. Y empujamos, todos juntos, con una mezcla de expectación, angustia y alegría, y terminó saliendo tras diez minutos de lucha, ayudado por ventosas, y perdí el control y no me acuerdo bien de esos instantes en que las lágrimas se mezclaron con la risa y el alivio. Yo esperaba ver un niño, pero aún no lo distinguía, envuelto en una materia viscosa, todavía conectado a la placenta, a su antiguo universo. El médico me sacó de mi turbación y me extendió unas tijeras: “¿Quiere cortar el cordón?”

Hasta entonces no había sido consciente de la importancia del gesto simbólico, pero en el momento lo entendí. El niño seguía conectado a su antigua vida aunque estuviera ya delante de nosotros, estaba en un limbo, había salido del vientre pero aún no había terminado de cruzar la delgada línea entre el feto  y el bebé. Controlé el temblor de las manos y coloqué la tijera en el punto en que me indicó el doctor, la apreté sobre la materia dura y viscosa, como quien inaugura un monumento, clac, y entonces se llevaron al niño a un lado y creo que lo pusieron boca abajo, pero quizá solo me lo imagine porque mi mente estaba allí sin estar. Y sí que recuerdo las leves palmadas de la enfermera y la respiración contenida, y el primer grito, la confirmación, el definitivo (pero nunca lo es del todo) ingreso en la vida.

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