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Fantasmas

“Disculpe, señora, mi amigo es un periodista español y estamos buscando a gente que recuerde cómo era esta calle durante la guerra, en los años 60”. Linh, mi intérprete, se ha lanzado a abordar a esta señora que ronda los 80 años y que se sostiene en pie a duras penas al borde de la carretera. Me apuro un poco al ver su aspecto frágil, buscamos a gente de su edad, pero hemos interrumpido su paseo de manera un poco brusca y sus piernas tambaleantes no parecen dispuestas a un esfuerzo extra.

Ella nos mira un segundo con una media sonrisa antes de extraviarse a otro tiempo en el que nunca dejó de estar, un tiempo que seguramente ha visitado todos los días de su vida y que se llevará consigo cuando esas piernas tambaleantes se den por vencidas. “Antes la vida era más difícil, sufrimos mucho, pasaron cosas terribles”, alcanza a decir, entre sollozos y lágrimas que empiezan a resbalar por su rostro descompuesto. Sus piernas no sostienen solo un cuerpo anciano, arrastran penas de 50 años, sufrimientos que se incrustan entre los huesos y que no se dejan nunca atrás. Se disculpa y continúa su fatigoso paseo. Mientras se aleja, pienso medio aturdido que compartimos con ella el espacio, pero no el tiempo, ella se quedó a vivir para siempre en aquel trauma de hace medio siglo.

Vietnam es hoy el nuevo dragón asiático, símbolo de la pujanza, del dinamismo de una economía que entres décadas ha pasado de la nada a convertirse en modelo de crecimiento. La guerra es pasado, dicen, todo quedó atrás, miramos hacia delante. Y sin embargo, a veces basta una simple pregunta para que afloren fantasmas que nunca terminaron de marcharse.

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¿Dónde se habrá metido este Javier?

Dejo aquí mi pequeño homenaje a Javier Krahe, una adaptación de ¿Dónde se habrá metido esta mujer? 

¿Dónde se habrá metido este Javier?

Cuando pienso que son ya las once y pico
Y el concierto se programó a las diez
No aparece y no dejó nada escrito
¿Dónde se habrá metido este Javier?

Si pregunto nadie me satisface
El Guereña me dice no saber
Andreas Prittwitz es sueco o se lo hace
¿Dónde se habrá metido este Javier?

Yo venía a escuchar la de Marieta
Como Ulises y Fuera de la grey
Mariví, Cuervo ingenuo, La tormenta
¿Dónde se habrá metido este Javier?

¿A qué viene tantísimo alboroto?
Tanta gente que quiere hablar de él
Los de siempre poniéndose en la foto
¿Dónde se habrá metido este Javier?

No me cuadra, todo esto no me cuadra
Tanta loa y tanto quedar bien
Nada bueno, si tanta chusma ladra
¿Dónde se habrá metido este Javier?

Pero bueno, si sale en las noticias
Hablan de él, pardiez, hablan de él
¿Algo malo o es que le hacen justicia?
¿Dónde se habrá metido este Javier?

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Vencedor y vencido

DSC_0828Minutos después del gran desfile en el que se le rindió homenaje, Tran Be, de 90 años, interrumpe su descanso a la sombra de un árbol para posar ante un fotógrafo. Lleva el mismo uniforme caqui con el que hace 40 años contribuyó a asaltar el palacio presidencial (hoy de la Reunificación) de Vietnam del Sur, la famosa imagen de los tanques derribando la verja, el último llanto de un régimen que estaba muerto desde el principio. Me acerco con sigilo, merodeo por los alrededores mientras el fotógrafo dispara. Cuando termina, me lanzo y le pido al fotero que me haga de intérprete para hacerle unas preguntas al héroe de guerra. Acepta sin problemas, al igual que el anciano. “¿De dónde es? ¿Es americano?”, pregunta el veterano con una sonrisa antes de empezar. Cuenta que estaba en una de las unidades que asaltaron el Palacio, pero no termina de aclarar su papel, no quiere perderse en detalles, prefiere recordar a sus compañeros caídos en la guerra americana. “Estoy muy contento por el homenaje y por seguir vivo después de haber perdido a tantos amigos en la guerra”.

Como si tuviera la lección aprendida, recuerda orgulloso cómo su país ha pasado de la extrema pobreza al crecimiento económico de los últimos años. “Creo que pronto Vietnam será un país rico”, cierra. Me da la mano con una energía sorprendente antes de montar en un coche junto a su nieta, que nos vigila de cerca.

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Días antes de los fastos compartí un café con Nam Dinh, un conductor de ciclo de 65 años siempre a la caza de turistas frente al mercado de Ben Thanh. A los 19 años se alistó en el Ejército de Vietnam del Sur  y trabajó codo con codo con los americanos. “Mi familia era de origen chino y apoyaba al Gobierno del sur y antes a los franceses”, dice encogiéndose de hombros. No se hizo demasiadas preguntas, sobre todo cuando le ofrecieron un buen salario, seguro sanitario y educación para sus hijos. Luchó durante seis años en Danang, Cu Chi y Thay Ninh y le pilló la ofensiva del Tet en Saigón en 1968.

La peor pesadilla comenzó para él después de la guerra, cuando fue enviado a los llamados campos de reeducación, que en realidad eran de trabajos forzados. A él le tocó trabajar de dinamitero en una cantera de mármol y aún le ruge el estómago cuando recuerda las duras jornadas de trabajo sin nada que llevarse a la boca  las incursiones en la selva en busca de plátanos o cualquier cosa que calmara el hambre. En 1978 lo soltaron, pero las cosas no mejoraron demasiado: su pasado le impedía trabajar para cualquier empresa pública, que en aquellos tiempos duros del comunismo eran todas. Sobrevivió como pudo durante más de una década, fue viendo cómo el país iba abriéndose y comprobó que el inglés que le enseñaron los americanos le era útil cuando comenzaron a llegar los turistas extranjeros. Se compró un ciclo  y con el tiempo una moto y ambas le sirvieron para ganarse unos dongs con los que mantener a su familia. Sus siete hijos ya son mayores y tiene 17 nietos. Aunque cree que el país no va tan bien como dicen, no le interesa hablar de política y lo único que le interesa es que sus hijos sigan conservando sus empleos. “Sólo quiero que ellos tengan un buen futuro”.

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Un par de fotos de la celebración de la caída de Saigón el pasado 30 de abril. Aquí, el artículo que hice para Efe.

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Anfitrión en su propio infierno

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Si pasear por el museo de Tuol Sleng (colina envenenada en idioma jemer) y leer las espeluznantes historias de lo que allí sucedió resulta desasosegante para cualquier turista despistado, es difícil imaginar qué siente Chum Mey. Tuol Sleng, en Phnom Penh, la capital de Camboya, es uno de esos lugares que nos conectan con lo peor de nosotros mismos, con la depravación a la que podemos llegar si se dan las circunstancias oportunas. En Camboya se dieron en la década de los setenta, cuando una horda de utopistas radicales apodados los Jemeres Rojos tomó el control del país y creó uno de los mayores horrores jamás conocidos. Los descascarillados muros de este antiguo centro de torturas llamado entonces S-21 siguen transmitiendo un desasosiego infinito. Es difícil no sentir escalofríos al desfilar delante de las fotos de algunos de los más 14.000 presos que fueron torturados en este centro y después ejecutados en un cercano campo de exterminio. Algunos parecen asustados, apesadumbrados, otros esbozan una leve e incongruente sonrisa, y muchos miran al objetivo con ojos incrédulos, sin entender nada de lo que les está ocurriendo y sin imaginarse el infierno que les espera en las semanas siguientes. Para huir de las abominables sesiones de torturas que sufrían a diario, todos terminaban confesando que trabajaban para la CIA o la KGB, aunque nunca hubieran oído hablar de tales organizaciones. A casi ninguno le sirvió para evitar la muerte.

Chum Mey sabe todo eso mejor que nadie. A sus 84 años, ve la jornada pasar sentado bajo la sombra de un árbol, a unos metros de la exigua celda que ocupó durante los dos peores meses de su vida. Es difícil entender por qué uno de los pocos supervivientes del centro de torturas S-21 acude todas las mañanas al que fue su infierno particular y pasa ocho horas delante de una mesa repleta de libros, revistas y DVDs, a la espera de que algún turista quiera comprar algo. Si alguien se interesa por él, sonríe, le atiende como puede (no habla una palabra de inglés) y le muestra el taco de libros que tiene delante con su fotografía en la portada: SURVIVOR. Después señala una foto en blanco y negro en la que aparece más joven, pero aún reconocible. Contaba entonces 49 años y acababa de salir vivo del infierno. De aquella imagen con siete supervivientes, tomada poco después de que la prisión fuera liberada por tropas vietnamitas en enero de 1979, sólo quedan vivos él y el pintor Bou Meng, más reacio a las entrevistas, que se sienta frente a él y también vende su biografía y recauda fondos para su propia fundación. Aunque hubo decenas de supervivientes que abandonaron la prisión antes de la liberación vietnamita, su rastro se perdió.

Bou Meng

Bou Meng

 

Resultaría difícil imaginar una situación parecida en Occidente, plantearse que un antiguo prisionero de Auschwitz o Buchenwald acudiera todos los días a su infierno personal para vender libros y hacer de vez en cuando tours guiados para turistas. Chum Mey no parece atormentado, su rostro transmite paz. “Vengo para recaudar fondos para mi fundación de ayuda a las víctimas de los jemeres rojos”, dice con mirada inescrutable.

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Sin embargo, como a menudo ocurre en Asia, la procesión va por dentro: “Me siento feliz de ayudar a los visitantes a entender lo que sucedió aquí, a darles un sentimiento real. Pero sigue siendo doloroso. La primera vez que volví fue para rodar un documental y me invadió una gran tristeza. Me apresaron por ser de la CIA, pero yo no sabía qué era eso”.

Desde hace cuatro acude todos los días al lugar a este recinto que le recuerda a su esposa y su hijo ejecutados, el hambre, el terror, los golpes, el dolor que sintió cuando le arrancaron una uña del pie durante una sesión de tortura. Lo peor, rememora, eran las descargas eléctricas. “Podía tolerar el dolor de los golpes, de la uña arrancada, pero no ser electrocutado. Era demasiado. Enganchaban un cable a mi oído izquierdo y sentía que mi cerebro estallaba. Kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk! Sentía que mi cabeza era como una máquina y mis ojos se incendiaban. Caí inconsciente dos veces”, relata en su biografía. Ni siquiera se atrevía a conversar con sus compañeros de celda, por miedo a represalias. “A veces nos comunicábamos entre nosotros sólo con sonrisas, pero normalmente no nos atrevíamos ni a mirarnos”, rememora.

Que Chum Mey siga vivo es un milagro. En 1975, cuando los Jemeres Rojos tomaron Phnom Penh, fue evacuado a la fuerza con su familia junto a miles de camboyanos. El primer día la carretera estaba tan atestada que apenas pudieron recorrer dos kilómetros y durmieron al borde de un río, rodeados de cadáveres que flotaban en el agua o se acumulaban en las cunetas. A los diez días llegaron al pueblo de Prek Kdam, destino final, donde se enteró de que el Angkar, el equivalente camboyano a las SS nazis, necesitaba mecánicos competentes. Gracias a sus conocimientos consiguió regresar a Phnom Penh junto a su familia, donde trabajó reparando tractores, automóviles y máquinas de coser.

DSC_0900Él y su familia fueron sobreviviendo durante el régimen infernal de Pol Pot hasta que el 28 de octubre de 1978 el Angkar le detuvo y fue llevado a la cárcel en la que hoy ejerce de anfitrión y guía. Al llegar a la prisión lo tiraron al suelo desde el coche y le dieron una fuerte patada en las costillas. “Por favor, dígale a mi mujer que probablemente no sobreviva”, pidió a uno de los soldados. Lo desvistieron, le midieron y le tomaron una foto antes de llevarle a su celda, donde le encadenaron las piernas con grilletes. En aquella celda 22, hoy uno de los principales atractivos del museo, sólo disponía de un recipiente para la orina y una vieja caja de municiones para los excrementos. “Cada vez que veo recipientes de agua y de cajas de municiones no puedo evitar las lágrimas”, confesó años después al periodista camboyano Sorya Sim.

Durante aquellos dos meses, desanimado por las duras sesiones de tortura que le obligaron a inventarse su pertenencia simultánea a la CIA y a la KGB, pensó en el suicidio. Dio a sus verdugos 64 nombres de traidores, aunque sólo diez eran reales y ya habían sido detenidos. Pero las confesiones sólo garantizaban una prórroga, unos días más con vida, el tiempo que necesitaban los funcionarios para mecanografiar los delirantes informes que les exigían sus superiores. Si resistió durante dos interminables meses en el centro fue sobre todo gracias a su pericia mecánica: los Jemeres Rojos le necesitaban para reparar máquinas de coser y de escribir.

Así aguantó hasta enero de 1979, cuando las tropas vietnamitas entraron en una Phnom Penh fantasmal y aprovechó el tumulto para escapar. En su huida dio por casualidad con su mujer y su hijo de dos meses y juntos continuaron el camino, pero el martirio no había terminado: aquella misma noche un grupo de jemeres rojos capturó y ejecutó a su mujer y a su niño. Nunca olvidará las últimas palabras de su esposa: “Escapa, me van a disparar”.

Durante los años siguientes se volvió a casar y siguió trabajando de mecánico, hasta que en 2011, coincidiendo con los juicios internacionales contra los dirigentes del Jemer Rojo comenzó a acudir a Tuol Sleng para recaudar fondos para su fundación. En ocasiones ha ejercido de guía turístico, rememorando sus peores pesadillas a cambio de una ayuda con la que también completa la exigua pensión de 25 dólares mensuales que le da el Gobierno camboyano. A Chum Mey le empuja la necesidad y parece mantenerle sereno la religión budista, de la que es devoto. En su libro cita un proverbio camboyano: “Si te muerde un perro loco, no le muerdas. Si lo haces, tú también estás loco”.

Apenas levanta la voz mientras rememora su historia, asegura no sentir rencor por los hombres que ejecutaron las torturas porque solo cumplían órdenes y no tenían elección. Pero el tono se transforma y su rostro se endurece cuando se acuerda de Kaing Guek Eav, alias Douch, el meticuloso director de S-21, que fue juzgado y condenado a cadena perpetua en 2011. La voz que era suave, casi inaudible, se vuelve firme y cortante.

“Sigo enfadado con Douch. Él vive en una cómoda cárcel y nunca va a sufrir lo que nosotros sufrimos aquí. Nada será nunca suficiente para que se haga justicia con los camboyanos. Sigue siendo muy doloroso recordar esto, pero quiero seguir declarando, quiero seguir contando mi historia al mundo para que sepan lo que pasó en Camboya”.

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Entre dos mundos

Nunca había visto un alumbramiento hasta que vi nacer a mi propio hijo hace hoy tres meses. El médico lo hizo todo fácil, me dejaba asomarme y ver ese diminuto triángulo de pelo que intentaba salir, el hueco que se abría y se cerraba como las branquias de un pez. Y empujamos, todos juntos, con una mezcla de expectación, angustia y alegría, y terminó saliendo tras diez minutos de lucha, ayudado por ventosas, y perdí el control y no me acuerdo bien de esos instantes en que las lágrimas se mezclaron con la risa y el alivio. Yo esperaba ver un niño, pero aún no lo distinguía, envuelto en una materia viscosa, todavía conectado a la placenta, a su antiguo universo. El médico me sacó de mi turbación y me extendió unas tijeras: “¿Quiere cortar el cordón?”

Hasta entonces no había sido consciente de la importancia del gesto simbólico, pero en el momento lo entendí. El niño seguía conectado a su antigua vida aunque estuviera ya delante de nosotros, estaba en un limbo, había salido del vientre pero aún no había terminado de cruzar la delgada línea entre el feto  y el bebé. Controlé el temblor de las manos y coloqué la tijera en el punto en que me indicó el doctor, la apreté sobre la materia dura y viscosa, como quien inaugura un monumento, clac, y entonces se llevaron al niño a un lado y creo que lo pusieron boca abajo, pero quizá solo me lo imagine porque mi mente estaba allí sin estar. Y sí que recuerdo las leves palmadas de la enfermera y la respiración contenida, y el primer grito, la confirmación, el definitivo (pero nunca lo es del todo) ingreso en la vida.

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Buscar lo imposible

P1060792A Tran Van Tiep le han denegado, a los 100 años, el permiso para seguir buscando un supuesto tesoro que el general japonés Tomoyuki Yamashita ocultó durante la Segunda Guerra Mundial al sur de Vietnam. Sus pruebas son el relato de un soldado nipón que se le aparece en sueños, algún objeto japonés hallado en la zona de excavaciones e información privilegiada que dice poseer y no quiere revelar a nadie. Parece que se rinde, o le obligan a ello, aunque hace unos meses me dijo que nunca renunciaría a su sueño. Su empresa es descabellada, pero posee el atractivo de las quimeras, de los sueños infantiles, de lo quijotesco contra viento y marea. Nos gustan las búsquedas imposibles.

La de Jim Reischl tampoco tiene solución fácil. En 1970 era un ingenuo joven de Minesotta de 21P1060761años enviado a Vietnam por el Ejército de Aviación estadounidense. Los tres primeros meses no salió de la base por miedo, pero un día se animó, vio el centro, el palacio presidencial, el mercado, el hotel Continental… y al ver que no era tan peligroso como imaginaba comenzó a frecuentar la noche de Saigón y conoció a Lien Hoa. Ella chapurreaba el suficiente inglés para comunicarse, y además tampoco necesitaron muchas palabras para disfrutar de los nueve meses que duró su relación, hasta que Jim terminó su servicio en Vietnam.  Dos meses antes de su partida, la chica le dijo que esperaba un niño suyo. Sus amigos le dijeron que no hiciera caso, que era un truco para forzarle a casarse y llevársela con él y prefirió hacerles caso, era más cómodo. “Estaba asustado y también temía enfrentarme a todo el papeleo. Quería que me quedara con ella en Vietnam, quizá estuviera realmente embarazada, quizá fuera todo verdad, no lo sé, pero entonces huí. Nunca supe con certeza si tuve un hijo en Vietnam”.

Aquel posible hijo perdido no le atormentó demasiado a su vuelta a Estados Unidos, cuando el año en Vietnam empezó a convertirse en un mal sueño e intentaba adaptarse a la vida normal. Escribió a Lien Hoa, pero nunca recibió respuesta y lo dio por imposible. A los pocos años se casó con otra mujer y un día, ordenando papeles, decidió romper la hoja en el que ella apuntó su nombre completo y sus señas, quería cerrar aquel capítulo de su vida, pero el pasado siempre nos alcanza.

Muchos años después, en 2001, en plena madurez y con un fracaso matrimonial a cuestas, le dio por pensar en aquella chica con la que posa sonriente en las fotos que conserva de su año en Vietnam y en 2005 inició una búsqueda por internet. Aquello no era suficiente y cinco años después, volvió a Saigón por primera vez para buscarla. Ha seguido volviendo desde entonces al menos una vez al año, colocando la vieja fotografía en anuncios de prensa, recorriendo la provincia natal de su antiguo amor, tratando de localizar a sus antiguos vecinos y aunque hubo algún indicio, alguna brizna de esperanza, de momento no han llegado los resultados. Ahora acaba de regresar a Vietnam y se quedará otros dos meses, viajando y tratando de dar con alguna pista. “Me preguntan que cuándo voy a dejar de buscar y no lo sé. No encuentro ningún motivo para dejar de hacerlo. Sólo quiero encontrarla, verla diez minutos, saber si tuvo un hijo mío, preguntarle qué tal está”, dice.

P1060778Larry Johnson, otro veterano, viajó a Vietnam hace un año con una situación casi idéntica, y con el propósito de rodar un documental sobre su búsqueda y su reencuentro con los fantasmas del pasado. No renuncia a dar con su novia y el hijo que no sabe si tuvo, pero durante su investigación se enamoró de otra mujer vietnamita y terminó casándose con ella y compartiendo su casa de Estados Unidos con los hijos que ella tenía de un matrimonio anterior.

Imagen 1No era su objetivo, pero está feliz de adónde le ha llevado su búsqueda y aún no pierde la esperanza de hallar a su antigua novia y averiguar si tuvo descendencia en Vietnam. A Brian Cleaver, un veterano australiano, le gustaría conservar la esperanza, pero se le ha agotado a golpe de pala. Lo que él busca son muertos, los 42 combatientes Vietcong que él y los miembros de su batallón enterraron en una fosa común tras la cruenta batalla de Coral-Balmoral en el sur del país. Traumatizado por lo vivido en el enfrentamiento, a duras penas pudo llevar una vida normal a su regreso a Australia. Lloraba sin motivo aparente o se encerraba en sí mismo y rechazaba hablar con nadie. Llevaba heridas que quizá no se curen nunca, pero en 2002 decidió volver a Vietnam como turista para enfrentarse a sus demonios. Tras unos días en Saigón, se animó a visitar el lugar de la batalla y allí le dijeron que aquellos cuerpos que enterraron y que él había aparcado en un rincón de su memoria nunca volvieron a aparecer. “Pensaba que los habrían encontrado después de la batalla y les habrían dado sepultura”, dice. Los fantasmas de aquella batalla le asediaban de nuevo, pero esta vez decidió enfrentarse a ellos y emprendió una obsesiva búsqueda de sus antiguos enemigos. Desde 2002 ha vuelto a Vietnam doce veces, ha dirigido las excavaciones en todos los agujeros de bomba encontrados en la zona de la batalla, ha implicado a las autoridades australianas y vietnamitas y se ha ilusionado como un niño ante la menor pista. Sin embargo, tras todos estos años apenas ha obtenido resultados positivos y afirma que ya no tiene sentido, que se da por vencido. “He hecho todo lo que puedo. Me ha dado por pensar que esos hombres lucharon juntos, murieron juntos y llevan casi medio siglo enterrados juntos. Quizá es que no quieren ser encontrados”.

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Algunas de estas historias están recogidas en este reportaje (en inglés) que hice para el South China Morning Post de Hong Kong, uno de los trabajos de los que más satisfecho me siento. Hice una versión más corta en castellano para El Confidencial.

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Si hubiera que elegir un himno para estas búsquedas imposibles, sería esta maravilla de Jacques Brel, La Quête.

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