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El rincón de Mohomad

DSC_0603En un rincón del nuevo aeropuerto de Doha, frente a los ascensores que llevan a las lujosas salas de espera de la clase business y al recién inaugurado hotel, se esconde un cómodo espacio con dos cómodas butacas, un sofá y una mesilla de madera. Es un mobiliario extrañamente hogareño en medio del universo aséptico propio de cualquier aeropuerto, una agradable incongruencia a la que es fácil ignorar, alejada de las tiendas de dutifrí y los restaurantes en los que entretener la espera. Ese lugar es el territorio de Mohomad Azmi.

Vestido de impecable traje, Mohomad da vueltas alrededor de la incongruente sala de estar, atiende las preguntas de los viajeros que se le acercan, les advierte de que sólo pueden usar el enchufe durante unos minutos para recargar sus móviles y trata de mantener despejados los sofás y las dos butacas: “Sólo un par minutos, no está permitido quedarse aquí mucho tiempo”, advierte a los despistados viajeros que osan descansar sus posaderas sobre el mullido sofá. Si a uno se le ocurre cerrar los ojos y flirtear con Morfeo, allí acude raudo Mohomad a avisar con mucha educación de que esa no es la zona para dormir, y que no se puede uno recostar, sólo está permitido sentarse por un tiempo limitado.

A Mohomad le debo de caer bien y esas normas un tanto absurdas no me incumben. Cuando tomo asiento en una de las butacas, no me advierte de nada, sino que me pregunta de dónde soy. Eso da pie, como es habitual en cualquier país del mundo, a una breve conversación sobre fútbol que desemboca inevitablemente en el Mundial, el reciente título de Alemania y la humillación de Brasil. Pasan cinco minutos de charla, y Mohomad sigue sin advertirme del tiempo limitado, pero espanta educadamente a los viajeros que amagan con sentarse.

Él es de Sri Lanka, lo que no da pie a hablar de fútbol, ni del Mundial, pero sí de su familia, de su mujer y de sus cuatro hijas: Sahna, Sihna, Sasna y Sizna. “Quería que todos los nombres empezaran con la letra “s” porque da buena suerte”. Las niñas tienen tres años y son cuatrillizas, las cuatro idénticas, y las tuvieron que sacar con cesárea. Cuando nacieron en el pequeño pueblo de influencia musulmana en el que viven, vinieron decenas de personas a verlas, pero casi nadie les ayudaba con los enormes gastos que conlleva la crianza. Subsistían con una pequeña ayuda del Gobierno, alguna donación y su magro sueldo de vigilante de seguridad en una fábrica. Incluso pensó en dar en adpoción a dos de las niñas (“con dos ya es suficiente”), pero su mujer no quiso ni oír hablar del asunto y él desistió por evitar una disputa mayor en el matrimonio. Acudió a una oficina del Gobierno regional a pedir ayuda, las instituciones locales le pusieron en contacto con una empresa de Singapur que recluta mano de obra barata para trabajar en otros países y terminó en Qatar.

El pequeño país del Golfo Pérsico vive del petróleo y de trabajadores “importados” de países pobres a los que paga sueldos irrisorios. El de Mohamad ronda los 220 dólares por trabajar doce horas al día siete días a la semana en el aeropuerto. Como se maneja bastante bien con el inglés,  le asignaron un puesto de vigilante de seguridad, lo que le permite distraerse conociendo a viajeros de distintas partes del mundo, pero él mira con envidia a los encargados de mantenimiento, con un salario cercano a los 300 dólares.  “El trabajo no es difícil y me gusta hablar con los clientes, pero el salario es muy bajo y mando la mayor parte a casa”. Su contrato también incluye el alojamiento: comparte una pequeña habitación con cinco compatriotas, ya que la empresa agrupa a sus trabajadores en función de su país de procedencia. Hace cinco meses que vive en Doha, y no sabe cuánto más aguantará.

Mientras él vive en esas condiciones, en el tour gratuito organizado por Qatar Airlines para los viajeros con muchas horas de espera, el guía cuenta orgulloso que el salario mínimo de un catarí ronda los 4.000 dólares mensuales.

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El jardín de Leguineche

DSC_0193Cuando llegué a Manila por primera vez, hace más de cuatro años, apenas sabía nada de Filipinas, algún conocimiento superfluo sobre la colonización española, ecos difusos de la dictadura de los Marcos, vaguedades insuficientes para cumplir con una mínima decencia con el trabajo de periodista en Filipinas. Leí lo que pude y fui aprendiendo sobre la marcha, tirando de hemeroteca para tapar mis lagunas cuando escribía una crónica. No fue hasta unos meses más tarde cuando de verdad entendí (y nunca se puede entender del todo) el país en el que vivía. Y fue gracias a un libro del hoy recordado Manu Leguineche: Filipinas es mi jardín.

Compré por internet un ejemplar descartado de una biblioteca de Nueva Jersey y resultó adictivo desde que lo abrí. El título es una cita de la extravagante Imelda Marcos, mucho más que primera dama durante el régimen de su esposo Ferdinand. Partiendo de esa dictadura conyugal, de la fascinante personalidad de Imelda y los desmanes que cometieron, Leguineche lleva al lector de la mano por toda la historia de Filipinas desde que el navegante Fernando Magallanes apareció por allí por primera vez hace casi cinco siglos.

Es un libro escrito en 1989 pero perfectamente válido para entender la Filipinas de hoy, la importancia de las relaciones personales y la utilización perversa por los políticos de algo tan noble como la deuda de gratitud, la contradicción constante de un país profundamente católico pero con las actitudes relajadas propias del trópico, la afición filipina a convertirlo todo en un melodrama, los vicios que perviven en las élites políticas desde los tiempos de la colonización española, la capacidad de los filipinos para remodelar conceptos importados hasta hacerlos propios, las rivalidades ancestrales de las dinastías que gobiernan el país… Lo hace mezclando anécdotas, historia, y un riguroso análisis periodístico, con una documentación  abrumadora que no entorpece la fluidez de la narración. A Leguineche le bastaron unas pocas semanas de estancia en el archipiélago (y muchas lecturas) para entender el alma de los filipinos, para plasmar, ordenar y explicar con precisión lo que otros apenas podemos intuir.

El entusiasmo por Filipinas es mi jardín me llevó a otro libro de Leguineche sobre la antigua colonia española, Yo te diré, donde relata la dramática, heroica y a la vez esperpéntica resistencia de los últimos de Filipinas en la iglesia de Baler. Leguineche ahonda en la historia colonial en las islas y trufa sus crónicas con cartas de soldados españoles que combatieron en aquella época y testimonios de descendientes de aquellos locos que resistieron diez meses en Baler sin creerse que la guerra ya había terminado. Es un libro muy recomendable para quien esté interesado en el sitio de Baler y en la historia de Filipinas en los albores del siglo XX, aunque la narración me pareció algo más trabada que en Filipinas es mi jardín.

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Manu Leguineche también estuvo en Vietnam, llegó durante su vuelta al mundo en automóvil (plasmada en otro libro fabuloso, El camino más corto) y se quedó de corresponsal de guerra. En este texto impagable cuenta la caída de Saigón.

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Madiba

No es que me dé igual el fallecimiento de Mandela, aunque a efectos prácticos llevaba años muerto o en ese limbo por el que pasan algunos ancianos antes de apagarse del todo, como Adolfo Suárez, del que uno ya no sabe bien si sigue vivo o no. Recuerdo haber leído hace unos meses cómo descendientes de Mandela discutían con vehemencia delante de sus narices sobre cómo repartirse su herencia. Como si no estuviese delante. Como si estuviese muerto.

También había alcanzado para la opinión pública ese halo de santidad con el que obsequiamos a los muertos. Su óbito sólo ha servido para que se desborde la exaltación, para glorificarlo más, si cabe, para convertirlo en un santo por lo civil. Los periódicos, preparados desde hace tiempo, han desplegado todo su arsenal, con mucho material interesante, todo hay que decirlo. Y ya digo que no es que me dé igual, yo también admiro a Mandela (más me vale), pero me chirría toda esta avalancha de elogios, iniciada en los medios y redoblada en las redes sociales.  De pronto, todo el mundo se vio obligado a publicar sobre Mandela, a expresar su dolor, a referirse a él como Madiba, como si hubiera una competición por ver quién le conocía más, quién adoptaba un tono más cercano al referirse a él, como si eso nos hiciera mejores personas. Decir algo bueno de Mandela era una muestra de buen gusto, solidaridad y cultura que había que lucir en el perfil público. Incluso dan ganas de ponerlo en el curriculum. En este mundo tan interconectado y esclavo de la apariencia, ya no necesitamos perder tiempo averiguando qué pensamos de las cosas, la opinión correcta y popular nos la dan hecha y sólo tenemos que rebotarla. Yo lo acabo de hacer.

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El cielo en un infierno cabe

He leído en las últimas semanas magníficas crónicas sobre el desastre de Filipinas, como la primera que escribió desde Tacloban el periodista y cooperante Daniel Burgui, que se sorprendía del carácter paciente y amable de los filipinos en una situación tan apocalíptica. En la CNN, el reportero estrella Anderson Cooper relataba al borde de las lágrimas la inmensa fuerza de ese pueblo, su capacidad para encajar los golpes sin torcer el gesto. En uno de sus reportajes visitaba a un grupo de víctimas que parecen haberlo perdido todo, pero todavía guardan una sonrisa para la cámara, hay instintos que ni la peor tragedia puede reprimir. “La risa es nuesta mejor medicina”, dice con una candidez desarmante uno de ellos.

En los tres años que viví en Manila me desesperó muchas veces la pachorra de los filipinos, su tan asiática costumbre de esquivar los problemas y ponerte buena cara sin darte una solución, su falta de respeto por las normas, la suciedad de las calles, el infierno circulatorio, la desesperante falta de organización… La lista es larga y cualquiera que haya vivido allí podrá contar sus propias experiencias. Sin embargo, no puedes evitar quererlos en toda su imperfección y una de las numerosas razones es esa sonrisa que desarma, esa sonrisa indomable que se les escapa hasta en los momentos más inadecuados, que no pueden reprimir aunque se les suponga tristes. Es la risa de quien entiende sin saberlo que la alegría es gratis y no perdemos nada por agarrarnos a ella, de quien es capaz con su actitud de encajar el cielo en un infierno.

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Esta fue mi contribución sobre el drama de Filipinas para El Confidencial.com.

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Una tarde en el fútbol

P1060411Lo más fascinante de Sebastián Gastón Merlo no es su carrera triunfal en un club vietnamita viniendo de los arrabales del fútbol argentino. No son sus dos títulos de Liga, sus dos Copas, sus tres trofeos de máximo goleador, sus premios de mejor jugador extranjero. Tampoco lo es su prodigioso salto del fútbol amateur al lujo asiático con fichas propias de la primera división de su país. Lo más fascinante es cómo se convirtió en el hombre que pudo reinar, cómo le venera un pueblo del que hasta 2009 no sabía nada. Tenía ganas de ir al estadio Chi Lang de Danang, en el centro de Vietnam, para comprobar in situ la adoración con que tratan a este joven delantero que milita en sus filas desde 2009. Tras entrevistarle, me invitó a ir al partido junto a su esposa, su hija y dos amigos de Argentina.

El choque arranca con una mala noticia: Merlo está en el banquillo. “Tiene un problema en el pie”, me comenta Carolina, su esposa, sentada en la fila de delante. Es mi primera vez en un estadio de Vietnam. He visto a los vietnamitas desgañitarse delante de una pantalla de televisión, celebrar goles del Barcelona al borde de un ataque de nervios, maldecir en arameo (o vietnamita, que es parecido) por una derrota del Manchester United, pero nunca había observado un partido autóctono. El rival del día es el Haiphong, el correoso equipo de una ciudad portuaria que en 2009 fichó al brasileño Denilson para un par de partidos. El experimento no resultó, el brasileño al que Lopera compró en su día por 5.000 millones estaba gordo y lesionado y a los aficionados les duró la paciencia dos domingos, hasta que estallaron y cubrieron el campo con todo tipo de objetos, incluida una cabeza de perro. Merlo era entonces un recién llegado a Vietnam y tuvo la desgracia de jugar aquel partido ante el Haiphong.

La historia me hace mirar con cierto recelo a los 150 hinchas que han viajado más de 500 kilómetros para acompañar a su equipo en un intranscendente partido de Liga. Ignoro si es por la intimidación de los militares desplegados por todo el estadio, pero el pequeño grupo de aficionados “rojillos” se limita a cantar y dar palmas para su equipo en uno de los fondos. Frente a nosotros, a pleno sol, “la barra brava” local responde con sus camisetas naranjas y su  charanga, que adereza el tradicional despliegue de trompetas y bombos con el toque zen de los platillos orientales.

Sebastián Gastón Merlo

Sebastián Gastón Merlo

El Danang es quien empieza dominando, desbordando por las bandas a base de velocidad y regate. A los cinco minutos, uno centro desde la derecha encuentra la cabeza del ariete y la pelota termina en las redes del Haiphong. Conociendo el fanatismo de los vietnamitas por el fútbol, esperaba el éxtasis de la grada, saltos de alegría, gritos de histeria, rostros enrojecidos y venas hinchadas para celebrar tan temprana hazaña. Pero no. Apenas unos aplausos no mucho más ruidosos que los de la jugada anterior, alguna sonrisa y un afectuoso apretón de manos con mi vecino. La charanga ni siquiera deja de tocar, las gargantas del Haiphong son las únicas que reaccionan y redoblan esfuerzos para alentar a los suyos. “Son muy civilizados. Otras veces, si el otro equipo marca un gol o hace una buena jugada también lo aplauden igual. Algo impensable en Argentina”, me comenta Héctor, amigo de Merlo sentado a mi lado.

El primer tiempo transcurre con su fútbol directo, los murmullos desconfiados de la grada cuando la toca el arquero local y la incansabla charanga de Danang. Los hinchas de Haiphong se han ido apagando a medida que pasaban los minutos. El descanso ofrece una estampa parecida a la de cualquier estadio español, la misma atmósfera cargada de humo de tabaco que camufla el olor de los bocadillos de paté. Este sopor de pan y humo se rompe con un murmullo y después un aplauso: calienta Merlo. Al cuarto de hora del segundo tiempo, con el Haiphong apretando cada vez más, la ovación es general: sale Merlo. El delantero, con el brazalete de capitán, cojea y apenas participa en el juego, pero no importa. Es un semidios, ya hizo lo suficiente y cualquier acción en la que aparezca  su imponente figura dispara la imaginación de los seguidores locales, que pronuncian su nombre como si tuviera poderes mágicos: “Meló, Meló”.  En cuanto el equipo arma un contraataque, reclaman que le entreguen la bola al corpulento delantero nacido en la provincia de Córdoba. Sus ojos ya no siguen la pelota, sino al héroe que les dio tantas tardes de gloria. Cuando por fin pisa el área y amaga un tímido disparo a puerta, la hinchada roza el éxtasis. No consigue marcar en todo el partido, pero no importa, es el más ovacionado, como corresponde a los dioses. Ya me había avisado Merlo medio en broma: “Los hinchas del Danang son tan fanáticos que son capaces de preferir a Merlo antes que a Messi”.

Aquí, cuento para Efe la historia de Merlo en el fútbol vietnamita.

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Tres retratos camboyanos (III): Chum Mey

Normas de comportamiento en la antigua cárcel S-21, hoy museo de Tuol Sleng, en Phnom Penh.

Normas de comportamiento en la antigua cárcel S-21, hoy museo de Tuol Sleng, en Phnom Penh (pinchar para leer).

Fotos expuestas de algunas de las víctimas que pasaron por la cárcel S-21

Fotos expuestas de algunas de las víctimas que pasaron por la cárcel S-21

Si pasear por el museo de Tuol Sleng y leer las espeluznantes historias de lo que allí sucedió resulta desasosegante para cualquier turista despistado, es difícil imaginar qué siente Chum Mey. Tuol Sleng, en Phnom Penh,  es uno de esos lugares que nos conectan con lo peor de nosotros mismos, con la depravación a la que podemos llegar si se dan las circunstancias oportunas. En Camboya se dieron en la década de los setenta, cuando una horda de utopistas radicales tomó el control del país y creó uno de los mayores horrores conocidos. Los muros de este antiguo centro de torturas llamado entonces S-21 siguen transmitiendo un desasosiego infinito. Es difícil no sentir escalofríos cuando desfilamos delante de las fotos de algunos de los 14.000 presos que fueron torturados en este centro y después ejecutados en un cercano campo de exterminio. Algunos parecen asustados, apesadumbrados, otros esbozan una leve e incongruente sonrisa,  y muchos miran al objetivo con ojos incrédulos, sin entender nada de lo que les está ocurriendo y sin imaginarse el infierno que les espera en las semanas siguientes. Para huir de las abominables sesiones de torturas que sufrían a diario, todos terminaban confesando que trabajaban para la CIA o la KGB, aunque nunca hubieran oído hablar de tales organizaciones.

Chum Mey posa con el libro sobre su vida.

Chum Mey posa con el libro sobre su vida.

Chum Mey sabe todo eso mejor que nadie. A sus 82 años, ve la tarde pasar sentado bajo una sombrilla, no muy lejos de la celda que un día ocupó. Si algún turista se interesa por él, sonríe, le atiende como puede (no habla nada de inglés) y le muestra la colección de libros que tiene delante:  SURVIVOR. Después señala una foto vieja, del año 1979, en la que aparece más joven, pero aún reconocible. Contaba entonces 49 años y acababa de salir vivo del infierno. Fue uno de los doce presos supervivientes (aunque hay versiones que hablan de un número mayor) y uno de los pocos que hoy siguen vivos. Aguantó con vida durante casi dos años en el centro gracias a su pericia mecánica: los jemeres rojos le necesitaban para reparar máquinas de coser y de escribir. En enero de 1979, cuando las tropas vietnamitas entraron en una Phnom Penh casi desierta, aprovechó el tumulto para escapar junto a su mujer y sus dos hijos pequeños, pero ellos no sobrevivieron a la huida, fueron capturados y ejecutados por un grupo de jemeres rojos.

Uno de los edificio de la antigua cárcel S-21, en Phnon Penh.

Uno de los edificio de la antigua cárcel S-21, en Phnon Penh.

Desde 2010 acude todos los días al lugar en el que pasó los peores meses de su existencia, a un recinto que le recuerda a su esposa y sus hijos ejecutados, el hambre, el terror, los golpes, el dolor que sintió cuando le arrancaron una uña del pie. Lo peor eran las descargas eléctricas. “Podía tolerar el dolor de los golpes, de la uña arrancada, pero no ser electrocutado. Era demasiado. Enganchaban un cable a mi oído izquierdo y sentía que mi cerebro estallaba. Kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk-kuk!  Sentía que mi cabeza era como una máquina y mis ojos se incendiaban. Caí inconsciente dos veces”, relata en su libro. Ni siquiera se atrevía a conversar con sus compañeros de celda, por miedo a represalias.

Una de las celdas ocupadas por Chum Mey

Una de las celdas ocupadas por Chum Mey.

En ocasiones ha ejercido de guía turístico, rememorando sus peores pesadillas a cambio de una ayuda para completar la exigua pensión de 25 dólares mensuales del Gobierno y mantener activa la asociación de víctimas que preside. A Chum Mey le empuja la necesidad y le debe de mantener sereno la filosofía budista. En su libro cita un proverbio camboyano: “Si te muerde un perro loco, no le muerdas. Si lo haces, tú también estás loco”. Consigo que nuestro guía haga de intérprete para mantener una corta conversación con él.

“Me siento feliz de ayudar a los visitantes a entender lo que sucedió aquí, a darles un sentimiento real. Pero sigue siendo doloroso. La primera vez que volví fue para rodar un documental y me invadió una gran tristeza. Me apresaron por ser de la CIA, pero yo no sabía qué era eso”, dice con un sosiego inaudito. Apenas levanta la voz mientras rememora su historia, asegura no sentir rencor por los hombres que ejecutaron las torturas porque solo cumplían órdenes y no tenían elección. Pero el tono se transforma cuando se acuerda de Douch, el director de S-21, que fue juzgado y condenado a cadena perpetua en 2011. La voz que era suave, casi inaudible, se vuelve firme y cortante.

“Sigo enfadado con Douch. Él vive en una cómoda cárcel y nunca va a sufrir lo que nosotros sufrimos aquí. Nada será nunca suficiente para que se haga justicia con los camboyanos. Sigue siendo muy doloroso recordar esto, pero quiero seguir declarando, quiero seguir contando mi historia por el mundo para que sepan lo que pasó en Camboya”.

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