Entre dos mundos

Nunca había visto un alumbramiento hasta que vi nacer a mi propio hijo hace hoy tres meses. El médico lo hizo todo fácil, me dejaba asomarme y ver ese diminuto triángulo de pelo que intentaba salir, el hueco que se abría y se cerraba como las branquias de un pez. Y empujamos, todos juntos, con una mezcla de expectación, angustia y alegría, y terminó saliendo tras diez minutos de lucha, ayudado por ventosas, y perdí el control y no me acuerdo bien de esos instantes en que las lágrimas se mezclaron con la risa y el alivio. Yo esperaba ver un niño, pero aún no lo distinguía, envuelto en una materia viscosa, todavía conectado a la placenta, a su antiguo universo. El médico me sacó de mi turbación y me extendió unas tijeras: “¿Quiere cortar el cordón?”

Hasta entonces no había sido consciente de la importancia del gesto simbólico, pero en el momento lo entendí. El niño seguía conectado a su antigua vida aunque estuviera ya delante de nosotros, estaba en un limbo, había salido del vientre pero aún no había terminado de cruzar la delgada línea entre el feto  y el bebé. Controlé el temblor de las manos y coloqué la tijera en el punto en que me indicó el doctor, la apreté sobre la materia dura y viscosa, como quien inaugura un monumento, clac, y entonces se llevaron al niño a un lado y creo que lo pusieron boca abajo, pero quizá solo me lo imagine porque mi mente estaba allí sin estar. Y sí que recuerdo las leves palmadas de la enfermera y la respiración contenida, y el primer grito, la confirmación, el definitivo (pero nunca lo es del todo) ingreso en la vida.

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