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Una tarde en el fútbol

P1060411Lo más fascinante de Sebastián Gastón Merlo no es su carrera triunfal en un club vietnamita viniendo de los arrabales del fútbol argentino. No son sus dos títulos de Liga, sus dos Copas, sus tres trofeos de máximo goleador, sus premios de mejor jugador extranjero. Tampoco lo es su prodigioso salto del fútbol amateur al lujo asiático con fichas propias de la primera división de su país. Lo más fascinante es cómo se convirtió en el hombre que pudo reinar, cómo le venera un pueblo del que hasta 2009 no sabía nada. Tenía ganas de ir al estadio Chi Lang de Danang, en el centro de Vietnam, para comprobar in situ la adoración con que tratan a este joven delantero que milita en sus filas desde 2009. Tras entrevistarle, me invitó a ir al partido junto a su esposa, su hija y dos amigos de Argentina.

El choque arranca con una mala noticia: Merlo está en el banquillo. “Tiene un problema en el pie”, me comenta Carolina, su esposa, sentada en la fila de delante. Es mi primera vez en un estadio de Vietnam. He visto a los vietnamitas desgañitarse delante de una pantalla de televisión, celebrar goles del Barcelona al borde de un ataque de nervios, maldecir en arameo (o vietnamita, que es parecido) por una derrota del Manchester United, pero nunca había observado un partido autóctono. El rival del día es el Haiphong, el correoso equipo de una ciudad portuaria que en 2009 fichó al brasileño Denilson para un par de partidos. El experimento no resultó, el brasileño al que Lopera compró en su día por 5.000 millones estaba gordo y lesionado y a los aficionados les duró la paciencia dos domingos, hasta que estallaron y cubrieron el campo con todo tipo de objetos, incluida una cabeza de perro. Merlo era entonces un recién llegado a Vietnam y tuvo la desgracia de jugar aquel partido ante el Haiphong.

La historia me hace mirar con cierto recelo a los 150 hinchas que han viajado más de 500 kilómetros para acompañar a su equipo en un intranscendente partido de Liga. Ignoro si es por la intimidación de los militares desplegados por todo el estadio, pero el pequeño grupo de aficionados “rojillos” se limita a cantar y dar palmas para su equipo en uno de los fondos. Frente a nosotros, a pleno sol, “la barra brava” local responde con sus camisetas naranjas y su  charanga, que adereza el tradicional despliegue de trompetas y bombos con el toque zen de los platillos orientales.

Sebastián Gastón Merlo

Sebastián Gastón Merlo

El Danang es quien empieza dominando, desbordando por las bandas a base de velocidad y regate. A los cinco minutos, uno centro desde la derecha encuentra la cabeza del ariete y la pelota termina en las redes del Haiphong. Conociendo el fanatismo de los vietnamitas por el fútbol, esperaba el éxtasis de la grada, saltos de alegría, gritos de histeria, rostros enrojecidos y venas hinchadas para celebrar tan temprana hazaña. Pero no. Apenas unos aplausos no mucho más ruidosos que los de la jugada anterior, alguna sonrisa y un afectuoso apretón de manos con mi vecino. La charanga ni siquiera deja de tocar, las gargantas del Haiphong son las únicas que reaccionan y redoblan esfuerzos para alentar a los suyos. “Son muy civilizados. Otras veces, si el otro equipo marca un gol o hace una buena jugada también lo aplauden igual. Algo impensable en Argentina”, me comenta Héctor, amigo de Merlo sentado a mi lado.

El primer tiempo transcurre con su fútbol directo, los murmullos desconfiados de la grada cuando la toca el arquero local y la incansabla charanga de Danang. Los hinchas de Haiphong se han ido apagando a medida que pasaban los minutos. El descanso ofrece una estampa parecida a la de cualquier estadio español, la misma atmósfera cargada de humo de tabaco que camufla el olor de los bocadillos de paté. Este sopor de pan y humo se rompe con un murmullo y después un aplauso: calienta Merlo. Al cuarto de hora del segundo tiempo, con el Haiphong apretando cada vez más, la ovación es general: sale Merlo. El delantero, con el brazalete de capitán, cojea y apenas participa en el juego, pero no importa. Es un semidios, ya hizo lo suficiente y cualquier acción en la que aparezca  su imponente figura dispara la imaginación de los seguidores locales, que pronuncian su nombre como si tuviera poderes mágicos: “Meló, Meló”.  En cuanto el equipo arma un contraataque, reclaman que le entreguen la bola al corpulento delantero nacido en la provincia de Córdoba. Sus ojos ya no siguen la pelota, sino al héroe que les dio tantas tardes de gloria. Cuando por fin pisa el área y amaga un tímido disparo a puerta, la hinchada roza el éxtasis. No consigue marcar en todo el partido, pero no importa, es el más ovacionado, como corresponde a los dioses. Ya me había avisado Merlo medio en broma: “Los hinchas del Danang son tan fanáticos que son capaces de preferir a Merlo antes que a Messi”.

Aquí, cuento para Efe la historia de Merlo en el fútbol vietnamita.

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La cara oculta del sueño coreano

Para millones de mujeres vietnamitas, Corea es un sueño. Corea es glamour, telenovelas de un romanticismo desgarrador, estrellas musicales que vuelven locas a las adolescentes. ¿Cómo lograr el sueño cuando vives en una mísera aldea del delta del Mekong o de las montañas de Dak Lak? Lo más sencillo es tener un marido coreano. Ellos no se oponen, al contraio, en la última década se han multiplicado los matrimonios entre hombres coreanos y mujeres vietnamitas se han multiplicado. La mayoría conocen a sus futuras esposas a través de agentes que rastrean las regiones más deprimidas en busca de candidatas deseosas de vivir el sueño coreano. En muchos casos, el matrimonio llega tras apenas una semana de noviazgo. Pero cuando llegan a Seúl, muchas de esas chicas ven cómo el sueño se convierte en pesadilla. No soportan el choque cultural y se sienten incapaces de satisfacer a sus maridos, que las terminan dejando.  Otras toman caminos más radicales y se quitan la vida. Consciente del problema, el Gobierno coreano patrocina desde hace tres años un curso que desvela a las mujeres vietnamitas algunos secretos para mantener contentos a sus esposos. El artículo completo, aquí.

Algunas de las alumnas del curso especial para vietnamitas casadas con coreanos en Saigón.

Algunas de las alumnas del curso especial para vietnamitas casadas con coreanos en Saigón.

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Tragar bilis

Un oso en el refugio de Animals Asia en Tam Dao. Autor: Víctor González

Un oso en el refugio de Animals Asia en Tam Dao. Autor: Víctor González

Autor: Víctor González

Autor: Víctor González

Vietnam acumula mucho retraso en la protección del medio ambiente. Los animales son vistos como un mero alimento o, en el caso de los osos, como un surtidor de medicinas. Curanderos de toda Asia atribuyen a la bilis de oso virtudes milagrosas para combatir enfermedades hepáticas e incluso algunos tipos de cáncer, pero lo único cierto es que uno de los componentes de la bilis de este animal es el ácido ursudesoxicólico, usado en la medicina convencional para paliar los efectos de enfermedades como la hepatitis y reducir el colesterol. Hay pacientes dispuestos a pagar grandes cantidades por la pócima. Los furtivos los cazan, los venden a un traficante que lo revende, haciendo el gran negocio, a los granjeros. Estos extraen la bilis del animal todos los meses y revenden el elixir a boticas tradicionales, especialmente en Hanói. La Fundación Animals Asia ha construido un refugio cerca de Hanoi para dar cobijo a los animales rescatados de las granjas, ilegales sobre el papel. De momento tienen 104 osos, algunos de ellos con muy mala salud tras años de mala vida en las granjas, y esperan seguir creciendo. Podéis leer aquí la crónica que publiqué para Efe sobre el asunto.

Autor: Víctor González

Autor: Víctor González

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