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Taclobán tres meses después del tifón

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Este es el primer párrafo de mi reportaje publicado en la revista digital FronteraD sobre Taclobán tres meses después de ser arrasada por el tifón Haiyan. 

“Ahora estamos muy bien”. La frase suena inverosímil para el recién llegado a Taclobán, una ciudad convertida en escombrera, con cientos de edificios destruidos, miles de refugiados, con el suministro eléctrico apenas restaurado, con cadáveres que asoman todos los días entre las montañas de desperdicios. Pero la pronuncian con una enorme sonrisa algunos lugareños que lo perdieron todo y reconstruyen sus casas con un ánimo inquebrantable, unidos en torno a un lema que les impulsa a seguir luchando en un paraje desolado: “Tindog Tacloban” (“Taclobán, en pie” en waray, el habla local). Las pancartas, murales y camisetas con el grito de guerra se extienden como una ola de entusiasmo por las ruinas de la ciudad que el pasado 8 de noviembre sufrió el tifón más potente jamás registrado sobre el planeta en tierra firme. Taclobán sigue en ruinas, pero ya no presenta una estampa apocalíptica, ya no vagan como zombis los supervivientes en busca de comida, ni hay saqueos, y el hedor de los cientos de cadáveres que yacían desperdigados por toda la ciudad ha ido dejando su sitio al tentador aroma de los lechones y pollos asados de las tascas que reabren sus puertas, a la vida, que se abre paso, titubeante pero imparable.

El resto se puede leer aquí. Dejo algunas fotos.

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El jardín de Leguineche

DSC_0193Cuando llegué a Manila por primera vez, hace más de cuatro años, apenas sabía nada de Filipinas, algún conocimiento superfluo sobre la colonización española, ecos difusos de la dictadura de los Marcos, vaguedades insuficientes para cumplir con una mínima decencia con el trabajo de periodista en Filipinas. Leí lo que pude y fui aprendiendo sobre la marcha, tirando de hemeroteca para tapar mis lagunas cuando escribía una crónica. No fue hasta unos meses más tarde cuando de verdad entendí (y nunca se puede entender del todo) el país en el que vivía. Y fue gracias a un libro del hoy recordado Manu Leguineche: Filipinas es mi jardín.

Compré por internet un ejemplar descartado de una biblioteca de Nueva Jersey y resultó adictivo desde que lo abrí. El título es una cita de la extravagante Imelda Marcos, mucho más que primera dama durante el régimen de su esposo Ferdinand. Partiendo de esa dictadura conyugal, de la fascinante personalidad de Imelda y los desmanes que cometieron, Leguineche lleva al lector de la mano por toda la historia de Filipinas desde que el navegante Fernando Magallanes apareció por allí por primera vez hace casi cinco siglos.

Es un libro escrito en 1989 pero perfectamente válido para entender la Filipinas de hoy, la importancia de las relaciones personales y la utilización perversa por los políticos de algo tan noble como la deuda de gratitud, la contradicción constante de un país profundamente católico pero con las actitudes relajadas propias del trópico, la afición filipina a convertirlo todo en un melodrama, los vicios que perviven en las élites políticas desde los tiempos de la colonización española, la capacidad de los filipinos para remodelar conceptos importados hasta hacerlos propios, las rivalidades ancestrales de las dinastías que gobiernan el país… Lo hace mezclando anécdotas, historia, y un riguroso análisis periodístico, con una documentación  abrumadora que no entorpece la fluidez de la narración. A Leguineche le bastaron unas pocas semanas de estancia en el archipiélago (y muchas lecturas) para entender el alma de los filipinos, para plasmar, ordenar y explicar con precisión lo que otros apenas podemos intuir.

El entusiasmo por Filipinas es mi jardín me llevó a otro libro de Leguineche sobre la antigua colonia española, Yo te diré, donde relata la dramática, heroica y a la vez esperpéntica resistencia de los últimos de Filipinas en la iglesia de Baler. Leguineche ahonda en la historia colonial en las islas y trufa sus crónicas con cartas de soldados españoles que combatieron en aquella época y testimonios de descendientes de aquellos locos que resistieron diez meses en Baler sin creerse que la guerra ya había terminado. Es un libro muy recomendable para quien esté interesado en el sitio de Baler y en la historia de Filipinas en los albores del siglo XX, aunque la narración me pareció algo más trabada que en Filipinas es mi jardín.

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Manu Leguineche también estuvo en Vietnam, llegó durante su vuelta al mundo en automóvil (plasmada en otro libro fabuloso, El camino más corto) y se quedó de corresponsal de guerra. En este texto impagable cuenta la caída de Saigón.

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