Archivo de la etiqueta: Vietnam

Buscar lo imposible

P1060792A Tran Van Tiep le han denegado, a los 100 años, el permiso para seguir buscando un supuesto tesoro que el general japonés Tomoyuki Yamashita ocultó durante la Segunda Guerra Mundial al sur de Vietnam. Sus pruebas son el relato de un soldado nipón que se le aparece en sueños, algún objeto japonés hallado en la zona de excavaciones e información privilegiada que dice poseer y no quiere revelar a nadie. Parece que se rinde, o le obligan a ello, aunque hace unos meses me dijo que nunca renunciaría a su sueño. Su empresa es descabellada, pero posee el atractivo de las quimeras, de los sueños infantiles, de lo quijotesco contra viento y marea. Nos gustan las búsquedas imposibles.

La de Jim Reischl tampoco tiene solución fácil. En 1970 era un ingenuo joven de Minesotta de 21P1060761años enviado a Vietnam por el Ejército de Aviación estadounidense. Los tres primeros meses no salió de la base por miedo, pero un día se animó, vio el centro, el palacio presidencial, el mercado, el hotel Continental… y al ver que no era tan peligroso como imaginaba comenzó a frecuentar la noche de Saigón y conoció a Lien Hoa. Ella chapurreaba el suficiente inglés para comunicarse, y además tampoco necesitaron muchas palabras para disfrutar de los nueve meses que duró su relación, hasta que Jim terminó su servicio en Vietnam.  Dos meses antes de su partida, la chica le dijo que esperaba un niño suyo. Sus amigos le dijeron que no hiciera caso, que era un truco para forzarle a casarse y llevársela con él y prefirió hacerles caso, era más cómodo. “Estaba asustado y también temía enfrentarme a todo el papeleo. Quería que me quedara con ella en Vietnam, quizá estuviera realmente embarazada, quizá fuera todo verdad, no lo sé, pero entonces huí. Nunca supe con certeza si tuve un hijo en Vietnam”.

Aquel posible hijo perdido no le atormentó demasiado a su vuelta a Estados Unidos, cuando el año en Vietnam empezó a convertirse en un mal sueño e intentaba adaptarse a la vida normal. Escribió a Lien Hoa, pero nunca recibió respuesta y lo dio por imposible. A los pocos años se casó con otra mujer y un día, ordenando papeles, decidió romper la hoja en el que ella apuntó su nombre completo y sus señas, quería cerrar aquel capítulo de su vida, pero el pasado siempre nos alcanza.

Muchos años después, en 2001, en plena madurez y con un fracaso matrimonial a cuestas, le dio por pensar en aquella chica con la que posa sonriente en las fotos que conserva de su año en Vietnam y en 2005 inició una búsqueda por internet. Aquello no era suficiente y cinco años después, volvió a Saigón por primera vez para buscarla. Ha seguido volviendo desde entonces al menos una vez al año, colocando la vieja fotografía en anuncios de prensa, recorriendo la provincia natal de su antiguo amor, tratando de localizar a sus antiguos vecinos y aunque hubo algún indicio, alguna brizna de esperanza, de momento no han llegado los resultados. Ahora acaba de regresar a Vietnam y se quedará otros dos meses, viajando y tratando de dar con alguna pista. “Me preguntan que cuándo voy a dejar de buscar y no lo sé. No encuentro ningún motivo para dejar de hacerlo. Sólo quiero encontrarla, verla diez minutos, saber si tuvo un hijo mío, preguntarle qué tal está”, dice.

P1060778Larry Johnson, otro veterano, viajó a Vietnam hace un año con una situación casi idéntica, y con el propósito de rodar un documental sobre su búsqueda y su reencuentro con los fantasmas del pasado. No renuncia a dar con su novia y el hijo que no sabe si tuvo, pero durante su investigación se enamoró de otra mujer vietnamita y terminó casándose con ella y compartiendo su casa de Estados Unidos con los hijos que ella tenía de un matrimonio anterior.

Imagen 1No era su objetivo, pero está feliz de adónde le ha llevado su búsqueda y aún no pierde la esperanza de hallar a su antigua novia y averiguar si tuvo descendencia en Vietnam. A Brian Cleaver, un veterano australiano, le gustaría conservar la esperanza, pero se le ha agotado a golpe de pala. Lo que él busca son muertos, los 42 combatientes Vietcong que él y los miembros de su batallón enterraron en una fosa común tras la cruenta batalla de Coral-Balmoral en el sur del país. Traumatizado por lo vivido en el enfrentamiento, a duras penas pudo llevar una vida normal a su regreso a Australia. Lloraba sin motivo aparente o se encerraba en sí mismo y rechazaba hablar con nadie. Llevaba heridas que quizá no se curen nunca, pero en 2002 decidió volver a Vietnam como turista para enfrentarse a sus demonios. Tras unos días en Saigón, se animó a visitar el lugar de la batalla y allí le dijeron que aquellos cuerpos que enterraron y que él había aparcado en un rincón de su memoria nunca volvieron a aparecer. “Pensaba que los habrían encontrado después de la batalla y les habrían dado sepultura”, dice. Los fantasmas de aquella batalla le asediaban de nuevo, pero esta vez decidió enfrentarse a ellos y emprendió una obsesiva búsqueda de sus antiguos enemigos. Desde 2002 ha vuelto a Vietnam doce veces, ha dirigido las excavaciones en todos los agujeros de bomba encontrados en la zona de la batalla, ha implicado a las autoridades australianas y vietnamitas y se ha ilusionado como un niño ante la menor pista. Sin embargo, tras todos estos años apenas ha obtenido resultados positivos y afirma que ya no tiene sentido, que se da por vencido. “He hecho todo lo que puedo. Me ha dado por pensar que esos hombres lucharon juntos, murieron juntos y llevan casi medio siglo enterrados juntos. Quizá es que no quieren ser encontrados”.

********
Algunas de estas historias están recogidas en este reportaje (en inglés) que hice para el South China Morning Post de Hong Kong, uno de los trabajos de los que más satisfecho me siento. Hice una versión más corta en castellano para El Confidencial.

********
Si hubiera que elegir un himno para estas búsquedas imposibles, sería esta maravilla de Jacques Brel, La Quête.

Share

El jardín de Leguineche

DSC_0193Cuando llegué a Manila por primera vez, hace más de cuatro años, apenas sabía nada de Filipinas, algún conocimiento superfluo sobre la colonización española, ecos difusos de la dictadura de los Marcos, vaguedades insuficientes para cumplir con una mínima decencia con el trabajo de periodista en Filipinas. Leí lo que pude y fui aprendiendo sobre la marcha, tirando de hemeroteca para tapar mis lagunas cuando escribía una crónica. No fue hasta unos meses más tarde cuando de verdad entendí (y nunca se puede entender del todo) el país en el que vivía. Y fue gracias a un libro del hoy recordado Manu Leguineche: Filipinas es mi jardín.

Compré por internet un ejemplar descartado de una biblioteca de Nueva Jersey y resultó adictivo desde que lo abrí. El título es una cita de la extravagante Imelda Marcos, mucho más que primera dama durante el régimen de su esposo Ferdinand. Partiendo de esa dictadura conyugal, de la fascinante personalidad de Imelda y los desmanes que cometieron, Leguineche lleva al lector de la mano por toda la historia de Filipinas desde que el navegante Fernando Magallanes apareció por allí por primera vez hace casi cinco siglos.

Es un libro escrito en 1989 pero perfectamente válido para entender la Filipinas de hoy, la importancia de las relaciones personales y la utilización perversa por los políticos de algo tan noble como la deuda de gratitud, la contradicción constante de un país profundamente católico pero con las actitudes relajadas propias del trópico, la afición filipina a convertirlo todo en un melodrama, los vicios que perviven en las élites políticas desde los tiempos de la colonización española, la capacidad de los filipinos para remodelar conceptos importados hasta hacerlos propios, las rivalidades ancestrales de las dinastías que gobiernan el país… Lo hace mezclando anécdotas, historia, y un riguroso análisis periodístico, con una documentación  abrumadora que no entorpece la fluidez de la narración. A Leguineche le bastaron unas pocas semanas de estancia en el archipiélago (y muchas lecturas) para entender el alma de los filipinos, para plasmar, ordenar y explicar con precisión lo que otros apenas podemos intuir.

El entusiasmo por Filipinas es mi jardín me llevó a otro libro de Leguineche sobre la antigua colonia española, Yo te diré, donde relata la dramática, heroica y a la vez esperpéntica resistencia de los últimos de Filipinas en la iglesia de Baler. Leguineche ahonda en la historia colonial en las islas y trufa sus crónicas con cartas de soldados españoles que combatieron en aquella época y testimonios de descendientes de aquellos locos que resistieron diez meses en Baler sin creerse que la guerra ya había terminado. Es un libro muy recomendable para quien esté interesado en el sitio de Baler y en la historia de Filipinas en los albores del siglo XX, aunque la narración me pareció algo más trabada que en Filipinas es mi jardín.

**************

Manu Leguineche también estuvo en Vietnam, llegó durante su vuelta al mundo en automóvil (plasmada en otro libro fabuloso, El camino más corto) y se quedó de corresponsal de guerra. En este texto impagable cuenta la caída de Saigón.

Share

Una tarde en el fútbol

P1060411Lo más fascinante de Sebastián Gastón Merlo no es su carrera triunfal en un club vietnamita viniendo de los arrabales del fútbol argentino. No son sus dos títulos de Liga, sus dos Copas, sus tres trofeos de máximo goleador, sus premios de mejor jugador extranjero. Tampoco lo es su prodigioso salto del fútbol amateur al lujo asiático con fichas propias de la primera división de su país. Lo más fascinante es cómo se convirtió en el hombre que pudo reinar, cómo le venera un pueblo del que hasta 2009 no sabía nada. Tenía ganas de ir al estadio Chi Lang de Danang, en el centro de Vietnam, para comprobar in situ la adoración con que tratan a este joven delantero que milita en sus filas desde 2009. Tras entrevistarle, me invitó a ir al partido junto a su esposa, su hija y dos amigos de Argentina.

El choque arranca con una mala noticia: Merlo está en el banquillo. “Tiene un problema en el pie”, me comenta Carolina, su esposa, sentada en la fila de delante. Es mi primera vez en un estadio de Vietnam. He visto a los vietnamitas desgañitarse delante de una pantalla de televisión, celebrar goles del Barcelona al borde de un ataque de nervios, maldecir en arameo (o vietnamita, que es parecido) por una derrota del Manchester United, pero nunca había observado un partido autóctono. El rival del día es el Haiphong, el correoso equipo de una ciudad portuaria que en 2009 fichó al brasileño Denilson para un par de partidos. El experimento no resultó, el brasileño al que Lopera compró en su día por 5.000 millones estaba gordo y lesionado y a los aficionados les duró la paciencia dos domingos, hasta que estallaron y cubrieron el campo con todo tipo de objetos, incluida una cabeza de perro. Merlo era entonces un recién llegado a Vietnam y tuvo la desgracia de jugar aquel partido ante el Haiphong.

La historia me hace mirar con cierto recelo a los 150 hinchas que han viajado más de 500 kilómetros para acompañar a su equipo en un intranscendente partido de Liga. Ignoro si es por la intimidación de los militares desplegados por todo el estadio, pero el pequeño grupo de aficionados “rojillos” se limita a cantar y dar palmas para su equipo en uno de los fondos. Frente a nosotros, a pleno sol, “la barra brava” local responde con sus camisetas naranjas y su  charanga, que adereza el tradicional despliegue de trompetas y bombos con el toque zen de los platillos orientales.

Sebastián Gastón Merlo

Sebastián Gastón Merlo

El Danang es quien empieza dominando, desbordando por las bandas a base de velocidad y regate. A los cinco minutos, uno centro desde la derecha encuentra la cabeza del ariete y la pelota termina en las redes del Haiphong. Conociendo el fanatismo de los vietnamitas por el fútbol, esperaba el éxtasis de la grada, saltos de alegría, gritos de histeria, rostros enrojecidos y venas hinchadas para celebrar tan temprana hazaña. Pero no. Apenas unos aplausos no mucho más ruidosos que los de la jugada anterior, alguna sonrisa y un afectuoso apretón de manos con mi vecino. La charanga ni siquiera deja de tocar, las gargantas del Haiphong son las únicas que reaccionan y redoblan esfuerzos para alentar a los suyos. “Son muy civilizados. Otras veces, si el otro equipo marca un gol o hace una buena jugada también lo aplauden igual. Algo impensable en Argentina”, me comenta Héctor, amigo de Merlo sentado a mi lado.

El primer tiempo transcurre con su fútbol directo, los murmullos desconfiados de la grada cuando la toca el arquero local y la incansabla charanga de Danang. Los hinchas de Haiphong se han ido apagando a medida que pasaban los minutos. El descanso ofrece una estampa parecida a la de cualquier estadio español, la misma atmósfera cargada de humo de tabaco que camufla el olor de los bocadillos de paté. Este sopor de pan y humo se rompe con un murmullo y después un aplauso: calienta Merlo. Al cuarto de hora del segundo tiempo, con el Haiphong apretando cada vez más, la ovación es general: sale Merlo. El delantero, con el brazalete de capitán, cojea y apenas participa en el juego, pero no importa. Es un semidios, ya hizo lo suficiente y cualquier acción en la que aparezca  su imponente figura dispara la imaginación de los seguidores locales, que pronuncian su nombre como si tuviera poderes mágicos: “Meló, Meló”.  En cuanto el equipo arma un contraataque, reclaman que le entreguen la bola al corpulento delantero nacido en la provincia de Córdoba. Sus ojos ya no siguen la pelota, sino al héroe que les dio tantas tardes de gloria. Cuando por fin pisa el área y amaga un tímido disparo a puerta, la hinchada roza el éxtasis. No consigue marcar en todo el partido, pero no importa, es el más ovacionado, como corresponde a los dioses. Ya me había avisado Merlo medio en broma: “Los hinchas del Danang son tan fanáticos que son capaces de preferir a Merlo antes que a Messi”.

Aquí, cuento para Efe la historia de Merlo en el fútbol vietnamita.

Share

La cara oculta del sueño coreano

Para millones de mujeres vietnamitas, Corea es un sueño. Corea es glamour, telenovelas de un romanticismo desgarrador, estrellas musicales que vuelven locas a las adolescentes. ¿Cómo lograr el sueño cuando vives en una mísera aldea del delta del Mekong o de las montañas de Dak Lak? Lo más sencillo es tener un marido coreano. Ellos no se oponen, al contraio, en la última década se han multiplicado los matrimonios entre hombres coreanos y mujeres vietnamitas se han multiplicado. La mayoría conocen a sus futuras esposas a través de agentes que rastrean las regiones más deprimidas en busca de candidatas deseosas de vivir el sueño coreano. En muchos casos, el matrimonio llega tras apenas una semana de noviazgo. Pero cuando llegan a Seúl, muchas de esas chicas ven cómo el sueño se convierte en pesadilla. No soportan el choque cultural y se sienten incapaces de satisfacer a sus maridos, que las terminan dejando.  Otras toman caminos más radicales y se quitan la vida. Consciente del problema, el Gobierno coreano patrocina desde hace tres años un curso que desvela a las mujeres vietnamitas algunos secretos para mantener contentos a sus esposos. El artículo completo, aquí.

Algunas de las alumnas del curso especial para vietnamitas casadas con coreanos en Saigón.

Algunas de las alumnas del curso especial para vietnamitas casadas con coreanos en Saigón.

Share

Tragar bilis

Un oso en el refugio de Animals Asia en Tam Dao. Autor: Víctor González

Un oso en el refugio de Animals Asia en Tam Dao. Autor: Víctor González

Autor: Víctor González

Autor: Víctor González

Vietnam acumula mucho retraso en la protección del medio ambiente. Los animales son vistos como un mero alimento o, en el caso de los osos, como un surtidor de medicinas. Curanderos de toda Asia atribuyen a la bilis de oso virtudes milagrosas para combatir enfermedades hepáticas e incluso algunos tipos de cáncer, pero lo único cierto es que uno de los componentes de la bilis de este animal es el ácido ursudesoxicólico, usado en la medicina convencional para paliar los efectos de enfermedades como la hepatitis y reducir el colesterol. Hay pacientes dispuestos a pagar grandes cantidades por la pócima. Los furtivos los cazan, los venden a un traficante que lo revende, haciendo el gran negocio, a los granjeros. Estos extraen la bilis del animal todos los meses y revenden el elixir a boticas tradicionales, especialmente en Hanói. La Fundación Animals Asia ha construido un refugio cerca de Hanoi para dar cobijo a los animales rescatados de las granjas, ilegales sobre el papel. De momento tienen 104 osos, algunos de ellos con muy mala salud tras años de mala vida en las granjas, y esperan seguir creciendo. Podéis leer aquí la crónica que publiqué para Efe sobre el asunto.

Autor: Víctor González

Autor: Víctor González

Share

Volver

Paisaje camino de Bac Me

Paisaje camino de Bac Me


Etapa 11

Ha Giang-Bac Me
Distancia: 54,84km
Tiempo de pedaleo: 3h58

Etapa 12
Bac Me-Duong Am-Bac Me
Distancia: 52 km
Tiempo de pedaleo: 4h10

Tras la odisea en furgobus camino de Ha Giang, es un alivio volver a cabalgar en la bici al día siguiente. La carretera se presta al disfrute, aunque siempre le divierte juguetear con mis cansancios y me obsequia con una larga subida de 10 kilómetros para arrancar el día. Es duro, pero sólo una ilusión, pronto se confirma que quedan atrás las palizas de las montañas más salvajes y vuelven las suaves (y no tan suaves) colinas, las zonas boscosas salpicadas de aldeas y resplandecientes campos de arroz. El objetivo final del viaje, después de descartar por falta de tiempo la prórroga hasta Sapa y Dien Bien Phu, es llegar al Parque Natural de Ba Be y de ahí coger un autobús de vuelta a Hanoi.

P1050678El camino hacia Bac Me transcurre con toda placidez, salvo algún sofoco con rampas más empinadas de lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud. Paro a comer en Minh Ngoc, donde el dueño del restaurante me enseña con orgullo la foto que se sacó con un motorista australiano. No podía negarme a engrosar su incipiente colección.

P1050684

Con el dueño del restaurante.

Es al día siguiente, camino de Ba Be, cuando las cosas se tuercen un poco. La carretera es muy secundaria, aparece y desaparece según los mapas. Algunos lugareños me dicen que no se puede ir y otros que el camino está en perfectas condiciones. Decido probar y el asfalto presenta muy buen estado, se ve que reformaron la vía hace poco, pero la orografía vuelve a hacer de las suyas. El trayecto hacia Ba Be, casi 100 kilómetros, es una sucesión de empinadas subidas y bajadas bajo la canícula, alrededor de 30 grados. Cuando no llevo más de 25 kilómetros me doy cuenta de que no podré llegar el mismo día a Ba Be y que corro el riesgo de perder el avión que me espera en Hanoi dos días después. Pensaba haberlo reservado con suficiente margen, pero mi atasco de los días anteriores ha complicado las cosas. Por segunda vez en el viaje decido dar marcha atrás y retroceder hasta Ha Giang para tomar el bus de vuelta a Hanoi. Una retirada a tiempo es un buen dinero ahorrado.

Mis dudas sobre la posibilidad de meter la bici al autobús se disipan por completo P1050710cuando veo que un vietnamita carga su moto con toda tranquilidad. Al llegar a Hanoi a las cinco de la madrugada, hay un detalle que me gusta: el vehículo se detiene en la estación, pero apenas bajan dos o tres pasajeros, el resto duerme (es un autobús con literas). Me quedo desconcertado durante unos segundos, pero cuando entiendo la jugada decido imitar a los dormilones que esperan al amanecer. Al filo de las seis, cuando el sol ya se ha desperezado, el conductor avisa de que hemos llegado. Monto las alforjas por última vez en el viaje y callejeo durante diez kilómetros hasta dar con la estación de tren, donde dejo a mi fiel compañera abandonada a su suerte con la promesa de reencontrarnos unos días después.

P1050712

Ha llegado sola e intacta en tren a Saigón, desde donde escribo este post. Se mezclan una cierta nostalgia por la aventura recién terminada y la alegría por el regreso a casa. Viajar,  sentirse nómada, llevar todo lo necesario en unas alforjas… todo eso está muy bien, pero siempre hay momentos en que uno echa en falta las sábanas limpias, tumbarse en el sofá viendo una película o comerse un bocadillo de jamón (esto último no es tan fácil en Vietnam, pero tengo reservas). Muchas gracias por la compañía y el apoyo durante estas dos fabulosas semanas. El viaje terminó, pero nos seguiremos viendo por aquí.

P1050699
P1050706

Share